miércoles, 25 de noviembre de 2009

13- El Club de la mujeres que comen sin problemas

El domingo tocaba reunión del “Club de las mujeres que comen sin problemas”. Fundamos el club hace cuatro años mis tres amigas del alma, como suele decirse, y yo para dejar constancia de que nos revelamos contra el sistema y la imposición de que tenemos que comer poco y estar eternamente a dieta. Yo, afortunadamente, nunca he tenido ese problema. Pero alguna de las cofundadoras del club sí que lo tiene, así que, aunque digamos que no estamos de acuerdo con los cánones establecidos, al final resulta que alguna se dedica a comer siempre ensalada cuando quedamos. En el fondo da igual, la cuestión es tener una buena excusa para quedar y vernos cada semana al menos una vez.

Como en cada organización de chicas que se precie, cada una de nosotras es un prototipo de mujer bastante distinta a las demás. Y por ello a Cristina, la más creativa del grupo, se le ocurrió identificarnos a cada una con uno de los personajes de Sexo en Nueva York, pero “de andar por casa” según ella.

Debo reconocer que cuando lo dijo yo era la única que no sabía a qué se refería con “Sexo en Nueva York”. Menudo escándalo, para ellas era impensable que un ser viviente no conociera a Carrie y sus amigas, así que hicimos un intensivo de varios domingos tragándonos la serie hasta que vi todas las temporadas. Debo reconocer que me acabé enganchando y, al final, cuando se acercaba el domingo, empezaba a alegrarme de que el momento de seguir averiguando qué iba a ocurrir se acercaba.

Por supuesto a mí me encasquetaron a Miranda en el acto. No entiendo por qué. Según ellas soy clavada: la mujer trabajadora, seria, responsable, que no anda loca buscando una relación (aunque yo creo que Miranda en el fondo sí la busca)… todo adjetivos nada atractivos bajo mi punto de vista, aunque mis amigas los consideran fantásticos y muy necesarios en la mujer moderna.

A Cristina, que trabaja de secretaria de dirección en una multinacional, siempre le ha encantado escribir. Ella dice que es periodista frustrado, así que nosotras la animamos para que mande artículos a alguna publicación. Yo he leído cosas suyas y debo reconocer que están muy bien. Tiene un blog, el único que leo y sigo por solidaridad, sobre muy diversos temas, que nos obliga a leer y en el que debemos dejar comentarios en todas sus entradas.

Por supuesto, Cristina es Carrie aunque, según ella, algo “desglamouralizada”, osea, con menos glamour. Incluso comparte su afición por los zapatos, si bien no se ha podido comprar unos “Manolos” ni de segunda mano.

Una vez me obligó a acompañarla a la tienda de Manolo Blahnik en Serrano sólo para probarse un par. Fue muy divertido ver su cara de incredulidad ante lo que veía, luego su expresión decidida al pedir unos y por fin las mil veces que se miró al ponérselos con expresión de éxtasis. Menos gracia me hizo cuando se empeñó en que me probara unos yo. Encima eligió ella el modelo, que debo reconocer que deben ser los zapatos más bonitos a la vez que más incómodos que me he puesto en los pies en toda mi vida. Lo cierto es que me hubiera encantado poder comprarle un par, o al menos uno de los zapatos para que lo pusiera de adorno en el salón de su casa.

Cuando salimos de la tienda irradiaba algo extraño, supongo que era satisfacción.

–Al menos ya sé lo que se siente con ellos en los pies –dijo muy digna.

–Ya te digo, menudo dolor… ¿cómo puede nadie andar en puntas? –exclamé.

Se paró en seco y me miró horrorizada, como si acabara blasfemar o insultarla.

–Aiss Paula, te voy a tener que dar un curso acelerado de femineidad porque lo tuyo no tiene nombre…

Yo me quedé, como dice ella, “a cuadros” preguntándome por qué me decía eso cuando rompió a reír a carcajadas.

–Eres única tía –dijo de pronto dándome un abrazo.

No entendía nada pero le devolví el abrazo. Intuí que probarme unos “Manolos” quizá debería haber constituido una especie de orgasmo para mí, al igual que lo había sido para Cris. No sé, supongo que yo soy así, una Miranda a la española.

martes, 17 de noviembre de 2009

12- Revelaciones

El sábado lo pasé con Javi. Teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Mientras mi ropa se lavaba y luego se secaba en la secadora, mi modelito para andar por su casa consistió en una camiseta talla XL en la que se leía “Sex Instructor. First lesson free”.

En vista del éxito de los capuccinos que había llevado para acabar bañada con ellos, Javi preparó unos latte machiatos con su súper cafetera y nos tiramos en el sofá. Le puse al día de mi “historia” en un momento. No me interrumpió ni una sola vez, me escuchó muy concentrado y, al terminar me miró seriamente

-Creo que tienes un grave problema –me dijo-. Sufres de una fuerte atracción física hacia el tío que te alquila las pelis… Dios mío, ¡es un problemón!

Ya me había imaginado que su respuesta sería de esa índole, era totalmente normal que lo encontrara una chorrada. En el fondo, si me paraba a pensarlo, de pronto a mí tampoco me parecía tan importante. Me sentía atraída por una persona, ¿qué problema suponía eso? Ninguno. ¿Por qué le daba tantas vueltas? Bueno, porque me descolocaba, porque nunca antes me había sentido desarmada por nadie… pero quizá era cierto que le estaba dando demasiada importancia a algo que no la tenía. Estuve a un pelo de empezar a rebatir y pedirle más explicaciones, pero me di cuenta de que no tenía sentido, en el fondo era cierto, tanto esperar a Freud para que con una frase me hiciera ver la realidad más cristalina.

Decidí no insistir en el tema, así que estuvimos hablando de cómo nos había ido durante aquellos meses. Javi me contó lo bien que había salido todo en Singapur. Por lo visto le habían ofrecido volver y quedarse allí durante un par de años dirigiendo el proyecto que le enviaron a poner en marcha. Se lo estaba pensando. Era una buenísima oportunidad y, además, nada le ataba. Cuando pronunció las palabras “no tengo ataduras aquí”, una extraña sensación me invadió. Sabía que no tenía sentido sentirme así. Yo no era “algo” que debiera hacerle plantearse que existía una razón para no irse. Pero pensar en estar sin él, realmente sin él durante años o, quizá, para siempre, me pareció, de pronto, algo insoportable.

Deseché ese pensamiento rápidamente. Éramos amigos, los mejores y debía alegrarme por cualquier cosa positiva que ocurriera en su vida, aunque se tratara de irse prácticamente al otro lado del mundo.

Intenté centrarme en alejar aquella extraña sensación y concentrarme en disfrutar con él del día. Comimos pasta en su casa y por la tarde salimos a dar un paseo y después a picar algo. Mientras íbamos por la calle no pude evitar darme cuenta de cómo le miran las mujeres. Antes no había caído… siempre había sabido que despertaba pasiones a menudo, aparte de ser atractivo, lo de siempre, su labia sin igual. Pero no me había fijado en que eran muchas las que le miran cuando no abre la boca.

Necesitaba unas vacaciones urgentes, o quizá la regla estaba a punto de venirme pues tanta sensiblería no era propia de mí. Volví a esforzarme en la complicada técnica de alejar los pensamientos molestos y me concentré en los pinchitos que estábamos eligiendo para comer. Una noche divertida, como siempre, con mi Freud particular.

jueves, 24 de septiembre de 2009

11- En casa

En cuanto abrió la puerta y nuestras miradas se encontraros me sentí “en casa”. Llevaba en la mano el cartón con los dos vasos de café que salieron volando cuando me alzó en brazos y empezó a achucharme.

–Javi, ¡bájame bestia!, mira lo que has hecho –grité sin poder evitar reír a carcajadas.

Totalmente bañada en cappuccino con caramelo, mi blusa estampada y mis vaqueros de lujo quedaron listos para la lavadora. Menos mal que el café se había enfriado ya que, en caso contrario, hubiéramos tenido que celebrar nuestro reencuentro con una de nuestras visitas al hospital. En ese momento fui consciente de cuánto le había añorado. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin vernos, tres meses…

Aunque con “mis chicas”, las cofundadoras del “Club de las mujeres que comen sin problemas” siempre puedo contar para todo, no es lo mismo que con Javi. Ellas a menudo no acaban de entenderme o, al menos, no igual que él. Sé que soy un poco rara, yo misma no me entiendo a veces. Mis amigas piensan que soy un ser superdotado intelectualmente que está totalmente inmerso en el trabajo y que no vive la vida como hoy día está establecido que hay que vivirla. Por ejemplo, no le presto gran atención a la moda y no me compro las revistas que ellas se compran pues me parecen todas iguales, una copia de la del año anterior pero con las fotos cambiadas. Cuando vamos juntas a la playa ellas leen el Elle o el Vogue mientras yo devoro The Economist. Eso sí, luego me hacen un resumen, para que me mantenga al día.

No es que la ropa no me guste, soy una mujer. Simplemente prefiero pasearme por la tiendas, ver lo que hay y elegir lo que me llama la atención… porque tenerme que comprar camisetas verdes porque este año se lleva el verde militar o porque a algún diseñador le apetece no lo entiendo. Me revienta ser una hormiguita más que sigue lo que le pauta la sociedad. No negaré que me gusta lo bueno, como a cualquiera, y sé distinguir algo de calidad de algo que no la tiene. Pero no puedo aguantar que tengamos que ir todos iguales simplemente porque Armani y un par más así lo han decidido por nosotros.

Cuando era adolescente no le daba gran importancia a mis "outfits". Sin embargo, con los años, la mujer que hay en mí poco a poco ha despertado en muchos aspectos, aunque rara vez me arreglo mucho. Según las chicas ahí radica uno de mis encantos “tú no te das cuenta, pero los tíos te miran un montón precisamente porque pasas de todo” me dicen siempre. “Es que en el fondo ellos prefieren a las mujeres naturales y sin maquillaje”… Entonces yo me pregunto, ¿para qué se maquillan tanto? Sabiendo como saben lo que prefieren los hombres hacen todo lo contrario, lo cual carece de lógica. Conclusión, las mujeres se arreglan para las otras mujeres, pues hay como una especie de competición constante entre ellas.

En lo que a problemas sentimentales se refiere, supongo que las chicas me entienden mejor, pero sus consejos no suelen ayudarme mucho. Javi, con los años ha cambiado bastante. Su fobia hacia mis conquistas comenzó a remitir un poco y conseguí poder dialogar con él sobre este tipo de temas cuando acabamos la carrera y empezó a trabajar. Supongo que es lo que llamamos madurar. Y, al final, quizá por la costumbre de tantos años, no puedo evitar acabar comentándoselo todo al Sr. Freud antes o después. Si le pillo inspirado, su punto de vista del asunto suele ser bastante útil, por mucha rabia que me dé a veces.

–Vaya –dijo mirándome de arriba abajo en cuanto me depositó en el suelo–, ¿ibas a alguna fiesta?

–A una fiesta… ah, no, esto… –me sonrojé en el acto. Javi estaba acostumbrado a mi “yo” normal, es decir, vaqueros, camiseta, zapato cómodo, nada de maquillaje… mi impulso matutino de hacerme ver por “Ojos Rasgados” no le cuadraba.

–Estás muy guapa –dijo como adivinando mi incomodidad- pero me temo que vas a tener que quitártelo para que lo lave. Venga, entra que te dejo una camiseta.

10- En busca de salvación

Me abrió la puerta ya duchado, vestido y despejado. Todo estaba impoluto, nadie diría que se había pasado tanto tiempo fuera. Conociéndole no me extrañó. Javi, el hombre moderno ideal, independiente, autosuficiente, organizado, atento, simpático, galante… Menos mal que entre nosotros no existe atracción ninguna, sólo una amistad sin límite, podríamos decir que incondicional, pues es, sin duda, un espécimen peligroso.

Después de que me “salvara la vida” la primera vez en la biblioteca –por desgracia no ha sido la única– nos convertimos sin darnos cuenta en uña y carne. Fue algo raro y, a la vez, muy natural. De eternos rivales pasamos a convertirnos en una “pareja de moda” en la facultad. Los dos cerebritos de la clase unidos puede despertar, por lo visto, mucho morbo. A mí me hacía mucha gracia. Como siempre he pasado olímpicamente de los cotilleos, aunque debo confesar que nunca había sido objeto de ellos, me daba totalmente igual que nuestra amistad enseguida se malinterpretara. Sin embargo, el pobre Javi, eso de ser el centro de atención no lo llevaba muy bien. Sobre todo cuando en este caso contribuía a que su éxito con las mujeres se redujera, y no al revés, pues al pensar que estaba conmigo el resto de chicas lo consideraban “hombre comprometido”. Intenté explicarle un par de veces que a las jóvenes no hay nada que más les guste que un tío con novia para intentar ligárselo. Todavía hoy defiendo esa teoría y tengo muchos ejemplos para argumentarla, pero eso es otra historia.

En un par de ocasiones me ofrecí a que nos distanciáramos un poco, que hiciera más su vida con sus amigos, pero según decía yo era –y por lo visto sigo siendo para él– “algo agridulce, totalmente adictivo”.

–Entiéndeme –señalaba todo serio– el hecho de hablar con una chica atractiva sobre matemáticas financieras, música de Handel o centímetros cúbicos de motores es algo que no tiene precio. Poder ser yo mismo, no tener que fingir que me interesan las marcas de ropa, ni si el color de moda es el azul petróleo o si se ha cortado el pelo al estilo Victoria Beckham es el sueño de casi cualquier hombre. Además –añadía sonriendo– pienso basar mi trabajo de fin de carrera de filosofía de la economía en la repercusión de la distracción por fascinación hacia un ente extraño en el rendimiento de un hombre en su trabajo.

Cuando decía eso otra se habría enfadado, pues lógicamente el “ente extraño” era yo. Pero, para qué engañarnos, siempre he sido algo peculiar… Alguna habría pensado que todo aquello era un claro intento de ligar conmigo. Sin embargo habíamos llegado a un punto en el que nos conocíamos tan bien el uno al otro que estaba más que claro que no existía peligro alguno, digamos que no había atracción sexual entre nosotros.

Estar juntos era simplemente fácil y tan normal por el hecho de que éramos prácticamente idénticos en muchas cosas. Nos gustaba el mismo tipo de música, las mismas pelis, los mismos autores de libros, de óperas o de poesía. De vez en cuando discrepábamos, pero eso lo hacía más divertido pues, en el fondo, siempre nos ha gustado discutir el uno con el otro, lo hemos hecho desde que nos vimos por primera vez en el colegio.

Javi me contaba toda su vida sentimental, sus historias con sus ligues –que, tal y como le había dicho, en breve fueron aumentando– que siempre consideré unas pobres descerebradas. Eso sí, nunca se lo dije. Siempre intenté ser lo más objetiva posible y lo menos dura con él que pudiera. Incluso, al igual que hago con mis amigas, me callaba gran parte de las cosas que pensaba.

En alguna ocasión, cuando creía que se había “enamorado”, se empeñaba en que me tomara un café con él y su “chica del momento”. Entonces no me quedaba más remedio que ir a aguantar conversaciones triviales, insípidas y estúpidas de la “churri”.

En mi caso, intenté utilizarle también como punto de apoyo y ayuda pues, por muy pasota que hubiera sido antes, la universidad es la universidad, esa edad es única y en los que la adolescencia no ha despertado según que instintos, como era mi caso, suelen activarse algo después. Así que fue allí donde mis hormonas se revolucionaron un buen día y mi interés por el Sexo de Adán despertó de pronto. A Javi nunca le gustaba ninguna de mis conquistas, muy respetable, pues a mí me ocurría algo parecido con las suyas. Pero a diferencia de mí, él no hacía esfuerzo alguno por ser medianamente diplomático.

–Menudo pijo, Afrodita, ¡por favor! Y encima es el típico chulo piscinas. Pero si lleva el pelo tan engominado que no me extraña que al pobre el intelecto se le haya quedado dormido, ¡con lo que le debe estirar! –decía muerto de risa–. Este tío no sabe ni hablar, ¿cómo puede alguien afirmar que en el impresionismo importan las formas sobre la luz y decir que es pintor ¡por el amor de Dios!

Yo al principio le escuchaba, pero acabé por darle por imposible y, finalmente, ni le preguntaba. Sus comentarios al principio me afectaban y me los tomaba muy en serio. Sólo después, cuando me di cuenta de que, a su modo de ver, no existía un solo hombre, a parte de él, capaz de pensar y tener buena pinta al mismo tiempo, decidí no volverle a preguntar nada. Cuando tenía alguna duda muy grande descubrí que comentárselo diciendo que se refería a otra persona o como un comentario esporádico era la única manera de obtener una respuesta sincera e, incluso, productiva de él.

Eso sí, cuando en alguna ocasión tenía crisis emocional, me dejaban o yo dejaba a alguien, sólo con llamarle y no poder controlar que la voz no se me quebrara, aparecía en mi puerta con las bolsas que él llamaba “de casos de emergencia” que llenaba con Kleenex, helado, algunas gominolas, nubes o chupa–chups, así como alguna chorrada como un peluche cachondo, un cómic cursi, una caja de tiritas, venda y esparadrapo… y se quedaba escuchándome sin hablar, y sin criticar a nadie, hasta que me dormía, la mayoría de veces agarrada a él, en el sofá. Cuando me despertaba nunca estaba allí, pero siempre dejaba una nota, que yo debía buscar –a veces dentro de mi taza de café, o escrita con mi mejor pintalabios en el espejo del baño, en la puerta del microondas, en un post–it pegado a mi móvil, a mi bolso, a mi cepillo de dientes…– con una frase de Julio César, Alejandro Magno, o un poema o una reflexión del estilo “Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir... Los valientes ni se enteran de su muerte”. Según él eran “estrategias de combate” para casos de amor que uno nunca debe olvidar. Debo reconocer que algunas eran muy buenas y que me ayudaron y todo.

–Nadie puede hacerte daño si no quieres –me decía cuando yo me encontraba lo suficientemente fortalecida como para aguantar que me riñera por mi debilidad, por llorar y sufrir por “un tío que no te llega ni a la suela del zapato” y que, además, me había puesto los cuernos o pasaba de mí. Ese tipo de comportamientos para Javi eran totalmente inaceptables.

–Es una pena que por culpa de un par de subnormales el resto de los hombres debamos cargar con la fama de infieles, mujeriegos, pasotas y básicos –solía comentar indignado. No puedo negar que, aunque sus “chatis” no me gustaran, salvo un par de excepciones, él siempre era muy correcto y delicado con las chicas y, sobre todo, nunca iba con mala idea o con intención de hacer daño.

–Lo importante es dejar muy claras las reglas del juego desde el principio, para que no haya malentendidos –señalaba con cara de circunstancias–, hay que ser muy franco desde el primer momento para que luego nadie se confunda.

Y era totalmente fiel a su idea y principios, algo que yo admiraba mucho. Sobre todo debido a que, como a casi toda mujer que se precie, me tocaron unos cuantos cantamañanas de los que prometen el cielo para luego dejarte caer directamente al duro suelo.

Pues bien, ahí estaba yo de nuevo, con una crisis emocional bastante atípica y totalmente desconocida. Esta vez no se iba a librar de los detalles, ni de ser lo más sincero conmigo que pudiera sin irse por las ramas. Al no conocer, ni haber visto siquiera a “Ojos rasgados” no tendría fundamentos para criticarlo, al menos en lo que a su carácter o su intelecto se refiere.

Me encontraba en un momento delicado en que necesitaba a “Freud” en forma. Un buen psicoanálisis, eso era lo que más falta me hacía.

9- Hacia un lugar seguro

Colgué el móvil y me apresuré hacia mi coche. ¡Qué ganas me habían entrado de ver a Javi! Luego no le podría decir a las chicas que esto se lo había contado a él antes que a ellas porque si no, ¡me matan!

De pronto paré en seco, ¿debía entrar a despedirme de Lucas? Después de todo se había tomado muchas molestias por mí. No tenía por qué y me había explicado todo lo del alquiler de pelis del cajero, aparte había tenido mucha paciencia, no se había dejado ni un detalle y… me moría de ganas de verle, sólo hacía dos minutos que había entrado y ya le echaba de menos. “Esto no es normal”. ¿Por qué intentaba engañarme a mí misma? Entiendo que hay gente que busca cualquier excusa para engañar a otros, pero engañarse a uno mismo… ¿Por qué justificarme? En el fondo sabía que no le debía nada, es su trabajo explicar a los clientes cómo funcionan las cosas, pero quería verle, me moría por verle, ¡si no le veía me iba a dar un ataque!

Volví hacia atrás, en dirección a la entrada del videoclub. “Entro y digo adiós, o mejor entro y le doy las gracias y le digo que volveré… o simplemente entro y…”. Mientras cavilaba Lucas salía. Nos encontramos en la puerta, él saliendo y yo entrando.

–Lo siento, los proveedores, ya sabes… perdona que te he dejado ahí –dijo cuando nuestras miradas se encontraron.

“Atención, Paula, concéntrate en respirar que se te ha olvidado y te vas a poner morada”.

–No te preocupes, no pasa nada. Iba a entrar para despedirme, es que me tengo que ir…

–Claro, con este día que hace… espero que te haya servido mi explicación. Si no te ha quedado algo claro no tienes más que decirlo –estábamos bloqueando el paso en la puerta. Él la sostenía abierta con el brazo en alto, pero aún así una pareja que quería entrar tuvo dificultades.

–Bueno, me voy, que no te dejo trabajar –dije bajando la mirada. Dios, estaba coqueteando descaradamente.

–No te preocupes, Jaime está dentro, es muy competente –me miraba y sonreía. Yo intentaba mirarle, conseguía sostener su mirada unos segundos y automáticamente mis ojos bajaban–. De todos modos voy a entrar a echarle un cable. Hasta que Rubén no vuelva…

–Rubén, ¿es el otro chico? –pregunté algo precipitadamente. Sin querer estaba descubriendo la identidad de todos esa mañana.

–Sí, está de baja porque ha tenido un accidente. No ha sido grave, afortunadamente, pero estará un mesecito sin poder trabajar.

– ¿Un accidente de tráfico? –pregunté sin pensar en lo indiscreta que estaba siendo.

–Pues, lo cierto es que no… se cayó por las escaleras volviendo de marcha y se ha roto un par de costillas, un brazo y tiene algunas contusiones –contestó con un gesto cómico en la cara. Me dio la impresión de que el “accidente” de Rubén debía de haber causado más de una broma entre sus compañeros.

Un mes de baja… ¿y luego qué? ¿Estaba Lucas sustituyéndole o se quedaría después también? Sólo un mes y quizá no le volvería a ver… “Pero si no le conozco de nada, le he visto dos veces, ¿cómo puedo estar pensando en que me va a afectar no volverle a ver?”

– ¡Qué barbaridad! Espero que se mejore. Si le ves dale un saludo… bueno, aunque no creo que sepa quién soy, pero…

–Seguro que lo sabe –me interrumpió “Ojos rasgados” taladrándome con la mirada.

“Soy yo ¿o me ve hasta el intestino grueso cuando me mira? ¿Es su forma habitual de mirar o lo hace sólo con las mujeres? ¿Sabe el efecto que produce? Pobre ilusa, ¡por supuesto que lo sabe! Quizá hasta lo ensaya delante del espejo”

–Ejem, bueno, no creo, pero se los das igualmente –dije intentando parecer lo más natural posible. Lucas me miraba divertido y empecé a notar cómo las mejillas se me encendían, momento ideal para irme.

–En fin, me marcho –no sabía cómo irme pues me sentía pegada al suelo. Mis pies no querían moverse, su deseo era quedarse allí para que yo pudiera mirar a Lucas, simplemente mirarle, nada más. “Me estoy volviendo loca, esto no es normal. Empiezo a hacer cosas de loca desesperada. Necesito urgentemente una dosis de realidad. Necesito a Freud, necesito a Javi…”

–Pasa un buen día y disfruta del sol –me dijo sin dejar de sonreír.

Yo hubiera preferido que se hubiera alarmado ante la idea de que me fuera y que me hubiera invitado a un café o algo así para seguir conmigo, como lo que hacen los tíos de las comedias románticas que alquilo. ¡Menuda tomadura de pelo! Comedias románticas con chicos que no existen y final feliz.

–Sí, claro, eso haré. Igualmente, pasa un buen día… –tenía ganas de preguntarle si lo pensaba pasar íntegramente allí metido, pero me callé.

Nunca se me ha dado bien lo de que mis amigas llaman “entrarle a un tío”, vamos, que no lo he hecho en mi vida. Quizá por eso no me ha ido muy bien que digamos con los hombres, aunque también debo reconocer que siempre he sido muy selectiva con mis parejas, es decir, los dos novios que he tenido en 33 años. Ya sé que no son muchos, pero mejor calidad que cantidad… que en mi caso, encima, no ha sido de esa manera, pero así es la vida… Ahora no me voy a quejar pues la antisocial, como me llama Javi, siempre he sido yo. No es que no me gusten los hombre, ¡todo lo contrario! Lo que no me van son los rollos de una noche, ni los tíos sin cerebro… y tampoco me van los prepotentes, ni los machistas, los narcisistas, los chulitos… Javi tiene razón, tengo suerte de que al menos haya un hombre, osea él, que me aguanta. Aunque no es mi pareja, a veces parece mi marido.

Me di la vuelta intentando dar un aire sexy a mis movimientos y casi me tuerzo el tobillo por culpa del impulso. No suelo ser patosa, sólo cuando estoy delante de Lucas, por lo visto. Menos mal que no se notó o, al menos, eso espero.

Mientras me acercaba al coche estuve tentada de girarme a mirar si seguía en la puerta o si había entrado ya. Estuve a un pelo, pero no me atreví. Me subí y arranqué, di marcha atrás y puse el “piloto automático” hacia un lugar seguro.

8- Recuerdos

Cuando volví a abrir los ojos seguía en el suelo. Según me contaron habían pasado unos segundos. Javi me ayudó a incorporarme despacio. La gente me miraba preocupada.

–Estoy bien, es que no he cenado... –no sabía qué decir.

Me puse de pie con cuidado apoyada en él. Al ver que no me estaba muriendo los demás empezaron a dispersarse y volver a sus sitios. A veces he pensado si estaban allí por preocupación o por morbo.

–Vamos, te llevo al hospital –me dijo de pronto –, te has dado un buen golpe en la cabeza, tienen que mirarte.

Me negué en rotundo, no me hacía falta ir al hospital, sólo había sufrido un desmayo por no haber cenado. Javi siguió insistiendo, según su opinión el desmayo tenía su importancia pero el golpe quizá más.

–Tu no has oído como ha retumbado el suelo cuando has caído –me miraba serio–. Si te das un golpe fuerte te tienen que reconocer –. Y sin más empezó a recoger mis cosas.

Estaba tan desorientada y cansada que no tenía ganas ni de discutir. Le dejé que preparara mi mochila, cogiera sus cosas y me sacara de allí. No era momento de hacerme la fuerte y tuve que apoyarme en él mientras andaba, la cabeza me daba vueltas y sentía náuseas.

Mis padres siempre han sido muy precavidos y protectores, así que al fin pude hacer uso del seguro privado que se empeñaban en pagar para mí. En urgencias me atendieron en seguida, pasé a una sala con Javi donde le expliqué a uno de los médicos de guardia lo que recordaba. Mi acompañante completó la historia. Me hicieron un tac para comprobar que todo estaba bien, así como un análisis de sangre. Finalemnte el médico decidió ingresarme pues según los resultados tenía anemia y, tras un golpe fuerte en la cabeza, me querían tener controlada.

–Si quieres habla con tu novio antes de que te subamos a la habitación. Bueno, puede quedarse contigo un rato –, dijo el doctor una vez me informó de que me tocaba dormir allí esa noche."¡¿Mi qué?!"

–No, no, no es mi novio. Es… bueno, da igual… sí, voy a avisarle. Gracias.

Cuando salí Javi descansaba con la cabeza hacia atrás en el sofá. Me acerqué, estaba profundamente dormido. Qué cara de bueno tenía. Mientras andaba hacia él abrió los ojos, como si hubiera notado mi presencia.

Le expliqué todo, sin darle importancia. Le di veinte veces las gracias por su ayuda y me iba a despedir cuando me dijo:

–Dime en qué habitación estás que subo un rato contigo. Por cierto, ¿quieres que llame a tus padres? He estado a punto de hacerlo pero como no sabía si luego me ibas a matar…

–¡Ni se te ocurra! A mis padres les da algo si les cuento esto. Además, es una bobada. No se te ocurra subir, si estoy bien. Vete ya ¡qué son las tres de la mañana!

–Si no te importa ya decido yo… bueno, si no quieres que te acompañe no te voy a obligar. No he llamado a tus padres ni sabrán nada, al menos por mi parte.

Me quedé ahí parada delante de él. Me miraba fijamente, de pronto me ruboricé.

–¿Qué miras?

–Te pones muy guapa cuando te caes –dijo de pronto sonriendo y guiñándome un ojo.

Esta vez noté que las mejillas se me encendían y me quemaban. Siempre igual, mofándose de mí, tenía ganas de matarlo pero, algo había cambiado. Ya no sentía aversión hacia él. Incluso no me contuve y me salió una carcajada.

–Si, es lo que tengo, un estilazo cayendo –los dos estallamos en risas–. Bueno, tengo que entrar, gracias de nuevo, te veré en clase.

Me miró como si fuera a insistir, pero no lo hizo. Me di la vuelta y volví con la enfermera para el ingreso. La habitación estaba bastante bien, además era sólo para mí.

–Tu novio es super majo –me dijo mientras me cogía los datos de nuevo– estaba muy preocupado.

Iba a volver a quejarme de que no era mi novio, pero desistí. No sé por qué pero la idea me hizo gracia. ¿Quizá necesitaba un novio? Menuda tontería.

Ya en la habitación me costó dormirme. Me sentía rara y sola. Por un momento me arrepentí de haberle dicho a Javi que se fuera. Al final conseguí dormirme, debía ser ya muy tarde.

Por la mañana me desperté muy temprano, en los hospitales hacen ruido constantemente. Cuando abrí los ojos me incorporé lentamente. A mi lado, en una butaca, estaba Javi dormido.

(Gracias David por tus consejos médicos y por tus ideas!!)

miércoles, 16 de septiembre de 2009

7- Freud

Le llamé y le desperté, pero no le importó, nunca ha sido de dormir mucho. Hacía tres meses que no le veía. La semana anterior me llamó para avisarme de que ya estaba de vuelta y quedamos para vernos, pero entre semana no fue posible. El proyecto en Asia ya había acabado, estaba contento del resultado y, sobre todo, de estar en casa. Aunque habíamos mantenido contacto constante a través de internet debo reconocer que le había echado mucho de menos. No era lo mismo hablar con él a través de un chat de vez en cuando. La diferencia horaria y nuestros trabajos no nos habían dado opción más que a saber que al otro le iba bien.

–Buenos días Freud, necesito hacerte una consulta urgente –, dije nada más oir su gruñido al otro lado de la línea. Desde que estábamos en la universidad le llamaba así. Él era Freud y yo Afrodita, nombres que surgieron de distintas historias vividas juntos en aquellos años.

–¿Eres tú Afrodita? –su voz sonó de pronto alerta –. ¿Se ha hundido la bolsa otra vez? –dijo entre carcajadas.

–La bolsa no, todo sigue igual de mal, sin novedades según el periódico de esta mañana. Necesito otro tipo de consulta. Una de índole personal.

–Vaya, ¿personal que requiere de mi asesoramiento?... debe ser grave. ¿Intensidada 9?

–No es para tanto –dije entre carcajadas.– Te llevo un café.

Conozco a Javi desde el colegio, pero cuando íbamos a clase juntos no nos podíamos ver. Quizá es lógico ya que entre nosotros existía una especie de competición en lo que a notas se refiere. Sobre todo en clase de matemáticas, ambos acribillábamos siempre al profesor con preguntas y acabábamos discutiendo delante del resto de compañeros sobre la forma de solucionar los ejercicios. Cuando empezábamos a discutir el resto empezaba a bostezar o a suspirar "ya están otra vez", debían pensar. A menudo el resultado era el mismo, pero llegábamos a él por caminos distintos y ninguno de los dos cedía. El profesor, Don Guillermo, acababa desesperado, poniendo orden y dándonos la razón a ambos.

En el cole yo no era lo que se dice “popular”. No porque físicamente estuviera mal, o eso creo, sino porque pasaba olímpicamente de todos los tíos. Los de mi edad me parecían demasiado infantiles e inmaduros. Javi, en cambio, a parte de ser brillante, tenía bastante éxito. No es que fuera el más guapo, pero su fuerte radicaba en que tenía, y tiene, mucho carisma y encanto. Con su forma de ser, extrovertida, divertida, ocurrente, junto a una labia superior, hacía sentir a cualquier chica como el centro del universo. Vamos, Javi siempre se ligó a toda la que se propuso. Yo le consideraba un engreido y un fantasma. Quién iba a decirme cómo cambiaría la cosa después.

Cuando llegó el momento de empezar la carrera mis padres me mandaron a Madrid. Bueno, yo decidí ir a estudiar a Madrid y mis padres estuvieron de acuerdo. Hice un par de pruebas de acceso para universidades “prestigiosas” de las que cuestan un pastón. Me cogían en todas, pero pasé, pues no quería que mis padres tuvieran que hipotecarse por mí. Afortunadamente en nuestro país la enseñanza pública está muy bien considerada, o eso pensaba yo.

Aunque no fuera muy original, decidí estudiar Administración y Dirección de Empresas, con la idea de hacer a la vez una especialización en marketing internacional. Siempre había tenido claro que quería trabajar en empresa dentro del departamento de marketing y comunicación.

Llegué a Madrid dos días antes de empezar las clases. Deshice la maleta, me ubiqué y me planté en la universidad el día de inicio llena de ilusión.

Cuando entré en la Facultad el primer día me costó un poco dar con el aula en que tendría lugar mi primera clase. Iba andando distraída mirando no sé qué y me di de lleno con alguien en la puerta.

–Vaya, Afrodita Freud –oí una voz familiar mientras unos brazos fuertes me sujetaban–. No me lo puedo creer, y yo que pensaba que esta clase iba a ser un coñazo.

Me solté inmediatamente, me recompuse rápidamente, y me encontré con la mirada burlona de Javi.

–Vaya, pensaba que en la universidad sólo admitían gente con cerebro, -dije con mi mejor cara de asco.

Se echó a reír. –Ya ves, parece ser que consideran que tengo uno. En la última resonancia salía, increíble, ¿verdad?

Como siempre tan agudo. De pronto me sorprendió.

–¿No podemos firmar una tregua? La vida es corta para guardar rencores –preguntó sonriendo.

Pensaba que me tomaba el pelo, pero su expresión no parecía decir eso. Lo cierto es que no tenía interés en ser su amiga, pero tampoco su enemiga. Casi cedo, pero no quise dar mi brazo a torcer tan fácilmente. Conociendo su lado ácido, era muy probable que me estuviera gastando una de sus fantásticas bromas.

–Ah! ¿Pero estamos en guerra? Yo simplemente te ignoro, como hago cuando algo no me interesa.

Me miró sonriendo, divertido. Me reventaba saber que se estaba divirtiendo, así que no pensaba darle muchas más razones.–Si no te importa, algunos queremos ir a clase –dije mientras intentaba entrar. Se apartó y me hizo una reverencia. Le habría estrangulado.

Los primeros meses de clase transcurrieron tranquilamente. Ya no estábamos en el colegio, así que mis encontronazos con Javi se redujeron a un par de cortes en clase de contabilidad. Pero me di cuenta de que estaba cambiado, pues evitaba los debates conmigo e, incluso, llegó a ceder en alguna ocasión. Eso me desesperaba aún más que el discutir con él, pues era como si me estuviera dejando ganar.

Llegó diciembre, había que empezar a estudiar para los primeros exámenes. El resto de la gente empezaría en enero, después de Navidades, pero yo no. Así que comencé mis incursiones a la biblioteca, Nunca he sido capaz de concentrarme en casa. Y, cómo no, allí estaba él también. Eso sí, siempre rodeado de chicas.

Un día, muy poco antes de irnos de vacaciones, hacía mucho frío o eso me parecía a mí pues tenía escalofríos. Me sentía rara. Era ya muy tarde, pero la biblioteca a la que iba cerraba a las 4h de la mañana en época de exámenes y yo aprovechaba al máximo las últimas horas, cuando la gente se había ido, pues me concentraba mejor. Intentaba leer pero no me enteraba de nada, además, no había cenado. Eso me ocurre a menudo, cuando estoy muy centrada en algo me olvido de comer, hasta que empieza a hacerme unos terribles sonidos el estómago que, cuando estoy con alguien, me hacen pasar una vergüenza horrible.

Ya llevaba unos días en que me sentía muy cansada y, además, no dormía bien. No me saltaba ni una clase, acudía a un curso extra de marketing al que me había apuntado, también escribía artículos para una revista de economía para sacarme un dinero extra, y por las noches estudiaba como una loca para poder aprovechar las Navidades en casa.

Estaba ahí sentada, delante de los apuntes y, de pronto, todo se nubló a mi alrededor. Sólo sé que todo se puso negro y que no recuerdo nada más.

Cuando abrí los ojos estaba tendida en el suelo rodeada de la poca gente que a las 2h de la mañana de un viernes se queda en una biblioteca. No podía respirar, sentía una gran presión en el pecho.

–No te preocupes, no pasa nada. Inspira fuerte y saca el aire despacio. A ver, dejad sitio –era su voz, Javi estaba de rodillas a mi lado, me miraba con cara de preocupación. No sé por qué pero al verle allí me sentí mejor. De repente todo se puso negro de nuevo y volví a perder el conocimiento.

6- A prueba

Posicionada ante el cajero de pelis con “Ojos Rasgados” a mi lado, me costó mucho prestar atención a sus explicaciones.

Me enseñó todo lo referente al alquiler de películas a través de aquel aparato que, aún sin concentrarme en ello, sabía perfectamente que podría utilizar sin necesidad de explicaciones. Aunque ahora no me fijara en el procedimiento de elección, en cómo encontrar las últimas novedades o buscar por actor o género una película, no me cabía duda de que sería capaz de usarlo. Si soy capaz de llevar grandes cuentas y organizar presentaciones para clientes rusos, creo que con esto me apañaría sin problemas.

Pero no me había podido resistir a ese momento íntimo con él. Al menos para mí era algo íntimo estar con él a solas delante de un cajero... “Estoy fatal, ¿cómo puedo ilusionarme por el mero hecho de que estemos aquí los dos y haga lo que hace con cualquier usuario? Aunque también es cierto que se ha ofrecido inmediatamente, ¿significará eso algo? Basta ya, esto es absurdo, está haciendo su trabajo”.

Intenté poner mi “cara de concentración absoluta”. La misma que pongo cuando en una reunión los clientes me explican sus ideas, a veces totalmente absurdas. En esas situaciones pongo la “cara de que todo lo que dices es interesante”, aunque realmente no tenga ningún sentido y ya sepa de antemano que la idea no hay por dónde cogerla.

Lucas se mantenía serio, concentrado. Yo le miraba de reojo, asintiendo, mirándole más, volviendo a asentir. De pronto noté un calambrazo en el hombro, de tanto asentir casi me contracturo. Sin darme cuenta analizaba su perfil. Con la luz del sol le brillaban los pelos de la barba de tres días. Se notaba que tenía mucha barba, algo que me encanta en un hombre. Nunca he podido entender a las mujeres que prefieren a un hombre sin un pelo y todo rasurado antes que a uno con pelo donde toca.

Ahora entrábamos en la parte de cómo averiguar si has visto ya una película, para no confundirte y volverla a coger. Mientras manipulaba el cajero, “Ojos Rasgados” me miraba directamente a los ojos, como para enfatizar lo que me explicaba y comprobar que le seguía. En esos momentos el aire se me cortaba en los pulmones. “No me mires así, no me mires así. Mira al cajero, por favor…”

–Bueno, ahora haz tú una prueba –comentó de pronto.

No me esperaba que me fuera a poner deberes. Me pilló totalmente desprevenida.

–¿Cómo dices? –pregunté con un hilo de voz.

–Que hagamos una prueba, para ver si lo has pillado –dijo mostrando su encantadora e insoportable sonrisa, mientras me tendía mi tarjeta.

Creo que soy una mujer inteligente. Sin embargo, no sé por qué, delante de Lucas no era capaz de pensar. Era una sensación totalmente nueva para mí, algo tan desconcertante e inexplicable que, a la vez me gustaba y me irritaba muchísimo. Siempre he sido capaz de controlar casi todo con mi cerebro y el hecho de que los ojos, la mirada, la sonrisa o no sabía exactamente el qué de “Ojos Rasgados” me dejara fuera de combate era algo que intentaba analizar, a la vez que hacía esfuerzos por hablar sin parecer idiota.

–Vale, una prueba… voy a ver… –introduje la tarjeta en el cajero. Ahora venía la parte en que debía teclear mi pin que, por supuesto, no recordaba. Lucas me miraba directamente y eso no ayudaba a que mi mente recuperara aquel insignificante dato. “¿Cuál es mi pin? Si me lo acaba de decir, incluso me ha pedido si quería cambiarlo y he dicho que no… mira que no cambiarlo... esto es una pesadilla, quiero desaparecer”. Si rezara habitualmente ese hubiera sido un buen momento.

–Esto... sé que debo introducir el pin –dije rápidamente para que, al menos, no me tomara por una auténtica inútil. Pero si ya me estaba costando concentrarme, el hecho de que se puso detrás de mi no mejoró la situación. La brisa me trajo su olor y volví a sentirme mareada. Olía dulce, pero no empalagoso. A jabón, pero no a colonia. Eso me gustó. Supongo que olía a él y me encantaba. Notaba su presencia muy cerca de mí, su cuerpo desprendía mucho calor, ¿o quizá era el mío?

–Lucas, te llaman por teléfono –era Jaime, mi “amigo” el jovencito, que asomaba la cabeza por la puerta.

Mi salvación, Lucas se disculpó y entró para contestar a la llamada. Yo aproveché para sacar la tarjeta del cajero rápidamente. Ya me acordaría del pin o se lo preguntaría a Jaime.

Me quedé allí parada pensando. Lo que me ocurría con Lucas escapaba a mi comprensión. Pero no me apetecía contárselo a mis amigas, ya me imaginaba sus comentarios “Eso significa que estás pillada, eso es amor a primera vista”. Nunca había creído en el amor a primera vista, no se puede amar a alguien que no conoces.

De pronto supe con quién quería hablar. ¿Estaría despierto ya? Probablemente no, seguro que había salido la noche anterior. De todos modos marqué su número y, si dormía, le llevaría un buen café a casa.

5- Lucas

Entré tranquilamente. No quería que se me notara ningún tipo de ansiedad. No sé cómo conseguí mantener la expresión de la cara normal, pues el corazón se ma salía literalmente por la boca.

Me dirigí directamente al mostrador, que se encuentra al lado derecho nada más entrar. Para mi decepción tras él me sonreía mi “amigo” el jovencito. Ni rastro de “Ojos Rasgados”. Se me hizo un nudo en el estómago, mis temores se habían cumplido, no estaba.

Los chicos de siempre se van turnando, aunque los viernes por la tarde siempre están los dos. Como nunca había ido en fin de semana no sabía cómo se organizan. Era posible que sólo hubiera uno, aunque me extrañó, pues debe ser el momento de mayor afluencia de clientela.

De todos modos “Ojos Rasgados” quizá era un amigo que el día anterior había hecho el favor de sustituir a alguien. ¡Qué tonta al haber pensado que trabajaba allí!

A medida que me acercaba, mi “amigo” esbozó una amplia sonrisa – ¡vaya sorpresa verte por aquí un sábado! –dijo alegremente.

–Pasaba por aquí y se me ocurrió dejar las pelis que me llevé ayer –me salió por la boca sin ni siquiera pensarlo. “Mentirosa, eres una mentirosa”.

–¿Y qué tal? ¿Te han gustado? –preguntó.

–No están mal... el thriller algo sangriento, pero bueno.

–Déjame ver... es que esta no es para ti, yo te lo habría dicho –dijo, mientras miraba el DVD. “Y Ojos Rasgados también me lo dijo, pero como soy idiota, no le hice caso”, pensé.

–¿Quieres llevarte otra? –preguntó sonriendo de nuevo.

–La verdad es que no creo, ayer no quedaba mucha cosa y hoy supongo que menos –le contesté.

–Siempre te queda la opción de mirar en el cajero de fuera –oí a mi espalda. Inmediatamente las piernas empezaron a temblarme y el corazón se me aceleró en un segundo. Casi me mareo y todo. Era “su” voz.

Me giré de golpe para encontrarme a “Ojos Rasgados” justo en frente, con varias carátulas de pelis en las manos, supongo que las estaba colocando. Por desgracia, mi convencimiento de que la noche anterior, cansada y mojada, no le había visto bien y que no existía ningún tipo de atracción hacia él falló completamente. Casi pierdo el equilibrio cuando me encontré con su mirada de nuevo. Y esta vez la intensidad de la sensación fue todavía más fuerte, si cabe, que el día anterior.

“Ojos Rasgados”, a la luz del día era más alto de lo que le recordaba. De complexión delgada pero atlética, se notaba que no estaba precisamente fofo, aunque tampoco parecía ser de los que se machacan en el gimnasio. Llevaba el pelo, moreno, tirando a largo. Vestía unos vaqueros y una camiseta, nada del otro mundo, pero tenía presencia. Se le notaba que cualquier cosa que se pusiera le iba a quedar bien. Los rasgos de su cara eran correctos, nariz normal, los labios ligeramente carnosos, pero tampoco exagerado. Lo desconcertante, al menos para mí, eran sus ojos, que te miraban y taladraban, como si pudiera leerte por dentro.

Me quedé de nuevo como una tonta parada sin decir nada. Él sonreía, “oh, no, no hagas eso”. Cuando sonreía sus ojos se cerraban aún más y una hilera de dientes perfectos le iluminaban el rostro. Tenía ángel en la sonrisa.

En otro momento de mi vida habría pasado tranquilamente a analizar la situación con calma, pero “Ojos Rasgados” tenía el poder de dejarme desarmada. No quería reconocerlo pero así era. Nunca me había pasado nada igual. Los que me conocen consideran que poseo el don de la palabra, es muy difícil conseguir quedarse conmigo sin recibir un buen corte. Sin embargo, delante de “Ojos Rasgados” me faltaba el oxígeno y mi mente se quedaba en blanco, totalmente perdida en sus ojos. Sé que suena cursi pero ¿qué otra cosa puedo decir? Me sentía totalmente desorientada. "¿Qué me está pasando?".

–Aha, ya –conseguí balbucear–, bueno es que nunca he usado el cajero de fuera... siempre vengo dentro, no sé por qué...

–Eso no es problema –dijo pasándole las carátulas a mi “amigo” el jovencito –. Toma Jaime, déjame eso por ahí, por favor, que voy a enseñar a la señorita a usar el cajero. Bueno, perdón, ¿señora? –preguntó mirándome divertido.

–¿Cómo? No, no, señora no –dije– aunque lo de señorita tampoco me gusta cómo suena –empezaba a recuperar mi capacidad de razonar.

–Pues en ese caso a Paula –respondió. Me quedé petrificada, ¿cómo sabía mi nombre?

–Lo pone en la tarjeta –dijo como si me hubiera leído el pensamiento señalando la tarjeta del vídeo club que tenía en mi mano.

–Ah, ya, claro. Sí, Paula –patético, sólo me faltaba decir “Claro, Paula, esa soy yo, gracias por recordármelo”.

–Yo soy Lucas, por si alguna vez necesitas algo –dijo mostrándome de nuevo su sonrisa. Ahí casi me caigo de verdad–. ¿Vamos?

Nos dirigimos hacia la entrada, él iba delante. Cuando llegó a ella se paró y e hizo un gesto con el brazo mientras me clavaba la mirada –Paula primero– dijo, y me abrió la puerta.

4- "Ojos Rasgados"

Finalmente me llevé las dos películas. Debo reconocer que “Ojos Rasgados” tenía razón, el thriller resultó ser demasiado sangriento para mi pobre hígado. Aguanté media hora y lo tuve que apagar. Aún así no pensaba reconocerlo.

Al día siguiente en cuanto me desperté decidí ir a devolver las películas. Normalmente nunca tengo prisa en hacerlo pues me da mucha pereza, así que las suelo devolver el lunes. Me sale algo más caro, pero para un vicio que tengo... me consta que a un fumador lo suyo le sale bastante más costoso que a mí.

Era sábado, hacía un día estupendo y sin saber por qué me desperté de muy buen humor. Me duché tranquilamente, me hice un pilling en la cara con una crema que llevaba pudriéndose en el armario hacía años. Me sequé el pelo con el secador, cosa que no hago jamás. De pronto me sorprendí a mí misma ¡maquillándome! “A ver, Paula, ¿qué coño estás haciendo? ¿Maquillarte para ir al videoclub? ¡Pero si no te maquillas ni para ir de cena!”.

Algo estaba pasando y, aunque no quería reconocerlo, sabía muy bien el qué. Quería verle, necesitaba verle otra vez. Algo en mi interior me llamaba a comprobar si realmente volvería a sentir lo mismo que la noche anterior, aquella extraña atracción, aquella sensación desconcertante.

“¿Y si ahora voy y no está?”. Una sensación de pánico se apoderó de mí. Intenté analizarlo. Soy muy cerebral, siempre me lo dicen. Por eso no suelo ser muy buena consejera en asuntos sentimentales. Cuando una amiga tiene un problema con su novio, marido, amigo, amante... sólo puedo hacer de oreja y asentir a todo lo que dice, porque si realmente le dijera lo que yo haría probablemente la mataría de una depresión. No las entiendo, la verdad. Es cierto que amar y ser traicionado es doloroso, pero en esta vida creo que debemos ser muy exigentes y selectivos con la gente de la que nos rodeamos. Sé que es una cuestión de carácter, pero si a mí me fallan una sola vez ya no puedo volver a confiar.

La cuestión, analizando cerebralmente mi conducta, veía claramente que, aparte de querer volver a ver a “Ojos Rasgados”, también quería que él “me viera a mí”. La noche anterior, tras el mostrador se había encontrado con una chica con cara cansada, sin maquillar, chorreando agua, con el pelo hecho un desastre... En el fondo me alegró comprobar que algo femenina soy, después de todo.

Para rematar la faena me puse mis vaqueros “de lujo”, unos pitillo ajustados que, por lo visto, me quedan muy bien, con una blusa estampada bastante escotada que me regalaron mis amigas en mi último cumpleaños en un intento de que mi interés por la moda despierte. No sé por qué están empeñadas en que, como dicen ellas, “saques partido a ese cuerpo que Dios te ha dado". Tengo suerte porque, por mucho que coma, estoy siempre delgada, y de mi abuela heredé una buena delantera, algo que los hombres no pueden evitar mirar cuando se percatan de ello. En el trabajo nunca llevo escote pues no hay nada que me fastidie más que estar hablando sobre un tema importante con un compañero y que, en lugar de hablar conmigo, hable con mis tetas. En el fondo son unos seres básicos, ¿qué le vamos a hacer? A veces me he preguntado si estas son esas “armas de mujer” de las que tanto hablan. Bueno, pues como tengo un buen par de ametralladoras ese día pensaba amortizarlas.

En el coche camino al videoclub intenté no seguir pensando tanto en el tema. En el fondo no tenía ninguna importancia. El día anterior había sido largo y duro, estaba hecha polvo cuando pasé a por las películas. Es normal que cansada como estaba me pillaran con la guardia baja. Seguro que si ahora le veía no sentiría nada extraño.

En la radio empezó a sonar “Sympathy for the Devil” de los Rolling, una de mis canciones favoritas. Puse el volumen a tope y empecé a cantar a grito pelado. Yo nunca canto, ni siquiera en la ducha, soy consciente de que si lo hago es bastante probable que una tormenta con rayos incluidos nos caiga encima en el acto. Pero no pude reprimirme, “Pleased to meet you, hope you guess my name, but what’s puzzling you is the nature of my game…”

Aparqué tranquilamente delante del videoclub. Me bajé del coche, cogí las pelis y me dirigí hacia la puerta. A medida que me acercaba el corazón empezó a latirme con más fuerza “¿Y si no está? ¿No me habré pasado con la blusa?... Paula, ya que estás haciendo el ridículo mejor será que esto acabe lo antes posible”.

En la entrada, si fuera creyente, me hubiera santiguado. Tomé aire, cogí fuertemente el pomo, empujé la puerta y entré.

3- Desconcierto


Conseguí reaccionar a tiempo para que no se me notara demasiado el desconcierto. Me había quedado totalmente perdida en aquellos ojos que seguían escrutando mi rostro con mirada entretenida. ¿Se estaba riendo de mí?

—Ejem, sí, digo no, es que he dejado el coche un poco lejos y me he empapado —logré articular.

El seguía sonriendo. No pude sostenerle la mirada, me ruboricé y bajé la vista mientras disimulaba y metía el móvil dentro del bolso.

—No me extraña, con la que está cayendo —seguía sonriendo. "Dios, que deje de hacer eso", pensé.

Le tendí las dos carátulas de forma automática. Ya me había olvidado de que mi intención inicial era preguntar por las películas. De todos modos la noche se presentaba larga y seguro que acabaría viendo ambas.

—Mmmm —dijo mientras se fijaba en ellas–. Buena elección, aunque… ¿me permites un consejo? —"Un consejo", pensé, "claro, un consejo".

—Por supuesto —conseguí decir.

—Esta está muy bien, pero si te apetece un buen thriller, te recomendaría “Los Ríos de Color Púrpura”. Es francesa, protagonizada por Jean Reno. Tiene ya algunos años, pero es muy buena.

Francamente, en ese momento no tenía ni idea de si la había visto o no. Probablemente sí, ya que Jean Reno me encanta y al ser cliente asidua acabo viéndomelo todo. Pero mi cerebro estaba demasiado confundido como para pensar.

—No, no la he visto —dije automáticamente—. Jean Reno me gusta mucho, de hecho me encanta… me extraña, pero no la he visto —¿Qué me estaba pasando? ¿No podía pensar o qué? ¿Es que me estaba volviendo loca?

—Yo te la recomiendo, si te gustan los buenos thrillers. Esta que has cogido está bien, pero quizá es demasiado sangrienta para una chica… —dijo contrayendo la cara como quien no quiere ofender a otro.

"Vale, soy una chica, ¡pero con mucho aguante!" Ahora que mi cerebro empezaba a funcionar sentí mi orgullo herido. ¿Qué se había creído, que las chicas no somos capaces de aguantar pelis sangrientas?

—Bueno, a mí eso me da igual. No soy una chica convencional. Me gustan las pelis duras –dije lo más dignamente que pude, esbozando una sonrisa—. Además, ahora que lo pienso, la de Jean Reno creo que sí la he visto. No está mal, pero me pareció un poco floja.

Su sonrisa se amplió aún más. O le estaba haciendo mucha gracia, o había conseguido captar su atención.

—Una chica dura –dijo mientras me guiñaba un ojo.— Grata sorpresa.

2- Lloviendo a cántaros

Llovía a cántaros. Había intentado aparcar el coche lo más cerca de la puerta posible, pero no fue suficientemente cerca. Entré chorreando, como si acabara de salir de la ducha, pero con la ropa puesta.

Me dirigí directamente a la zona de “Novedades”. Siempre lo hago, no sé por qué ya que al ir tan a menudo me he visto casi todas las pelis y es difícil que haya algo nuevo que no haya alquilado ya. Excepto a principios de mes, cuando llega la nueva reserva, ¡uno de los mejores momentos de la semana! Me acerco a los estantes y descubro los nuevos títulos, ¡las Novedades del mes! Supongo que debe ser comparable a cuando le dan la bolsita de coca al drogadicto, el mismo subidón pero algo más saludable. Es una sensación indescriptible, pelis nuevas, droga para mi soledad.

Chorreando como estaba empecé a pasar los dedos por las carcasas vacías. Normalmente, como al llegar ya es un poco tarde, no suele quedar mucha cosa libre. Pero “Aquel Viernes” en que todos celebraban el Amor había bastante donde elegir.

No me apetecía llevarme algo romántico. Generalmente la comedia romántica es uno de mis géneros preferidos, fácil de ver, entretenida, con final feliz... sin embargo, en ese momento en que sabía que “el amor estaba en el aire” tenía ganas de una buena película de acción, con muchos tiros y mucha sangre o, incluso, una de guerra.

Me llamaron la atención dos pelis, un thriller por un lado y una de acción y tiros por otro. Como no sabía por cuál decidirme estuve barajando la idea de llevarme ambas. Como buena cliente asidua, ante la duda, siempre acudo al mostrador y pregunto a los chicos que trabajan allí y que me recomiendan muy bien. Además, como voy tan a menudo ya me conocen. Lamentablemente no sé sus nombres. Sólo sé que uno, el más joven, al que yo le echaría veinte años, moreno y con cara de pillo, es el que mejor me entiende y me aconseja. No sé por qué pero pilla al vuelo lo que estoy buscando ese día y tiene una sensibilidad especial para intuir lo que puede gustarme o no. El otro, algo mayor y más serio, quizá es más experto pero, como es un poco seco, si puedo elegir me acerco a “mi amigo”, el jovencito.

Me dirigí hacia el mostrador rebuscando en el bolso pues me había sonado un aviso en el móvil de que me habían mandado un mensaje. Cuando busco algo en el bolso siempre me pasa lo mismo, ¡no hay manera de encontrarlo! Me gustan los bolsos grandes, no lo puedo remediar, y ellos parece que tienen la manía de comerse todo lo que les meto dentro, porque jamás encuentro nada cuando lo busco en ellos.

Desesperada dejé el bolso sobre el mostrador y seguí rebuscando en su interior mientras el móvil pitaba sin parar, a la vez que sujetaba las dos pelis en una mano y el pelo chorreaba agua por todo.

De pronto noté que uno de los chicos se había puesto delante de mí para atenderme y oí una voz totalmente desconocida, grave y algo ronca, que me decía: —creo que necesitas una toalla.


Alcé la vista despistada y me encontré con sus ojos. Unos ojos oscuros y rasgados que me miraban divertidos. No puedo explicar lo que pasó en los siguientes segundos, sólo sé que mi corazón se disparó, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y me quedé como una idiota, con el móvil pitando en una mano, las dos películas en la otra, el bolso abierto sobre el mostrador, el pelo chorreando, mirándole a los ojos.

martes, 15 de septiembre de 2009

1- Día 14 de febrero

Me descolocaba mucho cuando, al entrar en el videoclub, nada más atravesar la puerta, ya le estaba buscando. Intentaba ubicarle sin que se me notara mucho, bueno no, sin que se me notara nada.

La química funciona sin que podamos controlarla, está demostrado por la ciencia. ¿Quién no se ha topado con alguien por la calle y, sin saber por qué, ha sentido como el estómago le daba un vuelco? En ese momento, sin explicación aparente, se siente como algo en nuestro interior nos grita: “no sé por qué, pero quiero conocerte”. 

Pero ¿cómo puede ser posible que, sin conocer a alguien, podamos sentir algo parecido, sino idéntico, al amor? ¿Cómo puede ser esa atracción tan fuerte? En ese momento todas las reglas de la lógica se rompen… ¿por qué me tiembla todo cuando está cerca? ¿por qué me pongo nerviosa sólo con mirarle?”

Nunca olvidaré la primera vez que le vi. Era un viernes, uno de tantos en que me quedo en casa. Nunca he sido muy marchosa. A mí la noche no me confunde, simplemente no me llama. Tengo la suerte o la desgracia de que mi trabajo me encanta y me consume. Mis amigas no hacen más que reprochármelo, “a ver cuando dejas de trabajar tanto y piensas un poco más en ti”. Sé que se preocupan por mí y que lo hacen por mi bien pero, desde mi última ruptura, el sexo de Adán no me interesaba.

Lo dicho, tengo suerte, mi trabajo me encanta.Últimamente me han pasado cuentas importantes de países europeos, así que viajo bastante. Y cuando llega el viernes, si estoy aquí, al salir de la oficina activo el piloto automático y aparezco en el vídeoclub.


“Aquel Viernes”, era un día especial para muchos: 14 de Febrero, "San Valentín". Entré en el videoclub sin darme cuenta de que estaba casi vacío. ¿Cómo no? La gente celebra esos días... nunca lo he entendido, pero así es.