jueves, 24 de septiembre de 2009

10- En busca de salvación

Me abrió la puerta ya duchado, vestido y despejado. Todo estaba impoluto, nadie diría que se había pasado tanto tiempo fuera. Conociéndole no me extrañó. Javi, el hombre moderno ideal, independiente, autosuficiente, organizado, atento, simpático, galante… Menos mal que entre nosotros no existe atracción ninguna, sólo una amistad sin límite, podríamos decir que incondicional, pues es, sin duda, un espécimen peligroso.

Después de que me “salvara la vida” la primera vez en la biblioteca –por desgracia no ha sido la única– nos convertimos sin darnos cuenta en uña y carne. Fue algo raro y, a la vez, muy natural. De eternos rivales pasamos a convertirnos en una “pareja de moda” en la facultad. Los dos cerebritos de la clase unidos puede despertar, por lo visto, mucho morbo. A mí me hacía mucha gracia. Como siempre he pasado olímpicamente de los cotilleos, aunque debo confesar que nunca había sido objeto de ellos, me daba totalmente igual que nuestra amistad enseguida se malinterpretara. Sin embargo, el pobre Javi, eso de ser el centro de atención no lo llevaba muy bien. Sobre todo cuando en este caso contribuía a que su éxito con las mujeres se redujera, y no al revés, pues al pensar que estaba conmigo el resto de chicas lo consideraban “hombre comprometido”. Intenté explicarle un par de veces que a las jóvenes no hay nada que más les guste que un tío con novia para intentar ligárselo. Todavía hoy defiendo esa teoría y tengo muchos ejemplos para argumentarla, pero eso es otra historia.

En un par de ocasiones me ofrecí a que nos distanciáramos un poco, que hiciera más su vida con sus amigos, pero según decía yo era –y por lo visto sigo siendo para él– “algo agridulce, totalmente adictivo”.

–Entiéndeme –señalaba todo serio– el hecho de hablar con una chica atractiva sobre matemáticas financieras, música de Handel o centímetros cúbicos de motores es algo que no tiene precio. Poder ser yo mismo, no tener que fingir que me interesan las marcas de ropa, ni si el color de moda es el azul petróleo o si se ha cortado el pelo al estilo Victoria Beckham es el sueño de casi cualquier hombre. Además –añadía sonriendo– pienso basar mi trabajo de fin de carrera de filosofía de la economía en la repercusión de la distracción por fascinación hacia un ente extraño en el rendimiento de un hombre en su trabajo.

Cuando decía eso otra se habría enfadado, pues lógicamente el “ente extraño” era yo. Pero, para qué engañarnos, siempre he sido algo peculiar… Alguna habría pensado que todo aquello era un claro intento de ligar conmigo. Sin embargo habíamos llegado a un punto en el que nos conocíamos tan bien el uno al otro que estaba más que claro que no existía peligro alguno, digamos que no había atracción sexual entre nosotros.

Estar juntos era simplemente fácil y tan normal por el hecho de que éramos prácticamente idénticos en muchas cosas. Nos gustaba el mismo tipo de música, las mismas pelis, los mismos autores de libros, de óperas o de poesía. De vez en cuando discrepábamos, pero eso lo hacía más divertido pues, en el fondo, siempre nos ha gustado discutir el uno con el otro, lo hemos hecho desde que nos vimos por primera vez en el colegio.

Javi me contaba toda su vida sentimental, sus historias con sus ligues –que, tal y como le había dicho, en breve fueron aumentando– que siempre consideré unas pobres descerebradas. Eso sí, nunca se lo dije. Siempre intenté ser lo más objetiva posible y lo menos dura con él que pudiera. Incluso, al igual que hago con mis amigas, me callaba gran parte de las cosas que pensaba.

En alguna ocasión, cuando creía que se había “enamorado”, se empeñaba en que me tomara un café con él y su “chica del momento”. Entonces no me quedaba más remedio que ir a aguantar conversaciones triviales, insípidas y estúpidas de la “churri”.

En mi caso, intenté utilizarle también como punto de apoyo y ayuda pues, por muy pasota que hubiera sido antes, la universidad es la universidad, esa edad es única y en los que la adolescencia no ha despertado según que instintos, como era mi caso, suelen activarse algo después. Así que fue allí donde mis hormonas se revolucionaron un buen día y mi interés por el Sexo de Adán despertó de pronto. A Javi nunca le gustaba ninguna de mis conquistas, muy respetable, pues a mí me ocurría algo parecido con las suyas. Pero a diferencia de mí, él no hacía esfuerzo alguno por ser medianamente diplomático.

–Menudo pijo, Afrodita, ¡por favor! Y encima es el típico chulo piscinas. Pero si lleva el pelo tan engominado que no me extraña que al pobre el intelecto se le haya quedado dormido, ¡con lo que le debe estirar! –decía muerto de risa–. Este tío no sabe ni hablar, ¿cómo puede alguien afirmar que en el impresionismo importan las formas sobre la luz y decir que es pintor ¡por el amor de Dios!

Yo al principio le escuchaba, pero acabé por darle por imposible y, finalmente, ni le preguntaba. Sus comentarios al principio me afectaban y me los tomaba muy en serio. Sólo después, cuando me di cuenta de que, a su modo de ver, no existía un solo hombre, a parte de él, capaz de pensar y tener buena pinta al mismo tiempo, decidí no volverle a preguntar nada. Cuando tenía alguna duda muy grande descubrí que comentárselo diciendo que se refería a otra persona o como un comentario esporádico era la única manera de obtener una respuesta sincera e, incluso, productiva de él.

Eso sí, cuando en alguna ocasión tenía crisis emocional, me dejaban o yo dejaba a alguien, sólo con llamarle y no poder controlar que la voz no se me quebrara, aparecía en mi puerta con las bolsas que él llamaba “de casos de emergencia” que llenaba con Kleenex, helado, algunas gominolas, nubes o chupa–chups, así como alguna chorrada como un peluche cachondo, un cómic cursi, una caja de tiritas, venda y esparadrapo… y se quedaba escuchándome sin hablar, y sin criticar a nadie, hasta que me dormía, la mayoría de veces agarrada a él, en el sofá. Cuando me despertaba nunca estaba allí, pero siempre dejaba una nota, que yo debía buscar –a veces dentro de mi taza de café, o escrita con mi mejor pintalabios en el espejo del baño, en la puerta del microondas, en un post–it pegado a mi móvil, a mi bolso, a mi cepillo de dientes…– con una frase de Julio César, Alejandro Magno, o un poema o una reflexión del estilo “Los cobardes agonizan muchas veces antes de morir... Los valientes ni se enteran de su muerte”. Según él eran “estrategias de combate” para casos de amor que uno nunca debe olvidar. Debo reconocer que algunas eran muy buenas y que me ayudaron y todo.

–Nadie puede hacerte daño si no quieres –me decía cuando yo me encontraba lo suficientemente fortalecida como para aguantar que me riñera por mi debilidad, por llorar y sufrir por “un tío que no te llega ni a la suela del zapato” y que, además, me había puesto los cuernos o pasaba de mí. Ese tipo de comportamientos para Javi eran totalmente inaceptables.

–Es una pena que por culpa de un par de subnormales el resto de los hombres debamos cargar con la fama de infieles, mujeriegos, pasotas y básicos –solía comentar indignado. No puedo negar que, aunque sus “chatis” no me gustaran, salvo un par de excepciones, él siempre era muy correcto y delicado con las chicas y, sobre todo, nunca iba con mala idea o con intención de hacer daño.

–Lo importante es dejar muy claras las reglas del juego desde el principio, para que no haya malentendidos –señalaba con cara de circunstancias–, hay que ser muy franco desde el primer momento para que luego nadie se confunda.

Y era totalmente fiel a su idea y principios, algo que yo admiraba mucho. Sobre todo debido a que, como a casi toda mujer que se precie, me tocaron unos cuantos cantamañanas de los que prometen el cielo para luego dejarte caer directamente al duro suelo.

Pues bien, ahí estaba yo de nuevo, con una crisis emocional bastante atípica y totalmente desconocida. Esta vez no se iba a librar de los detalles, ni de ser lo más sincero conmigo que pudiera sin irse por las ramas. Al no conocer, ni haber visto siquiera a “Ojos rasgados” no tendría fundamentos para criticarlo, al menos en lo que a su carácter o su intelecto se refiere.

Me encontraba en un momento delicado en que necesitaba a “Freud” en forma. Un buen psicoanálisis, eso era lo que más falta me hacía.

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