jueves, 24 de septiembre de 2009

11- En casa

En cuanto abrió la puerta y nuestras miradas se encontraros me sentí “en casa”. Llevaba en la mano el cartón con los dos vasos de café que salieron volando cuando me alzó en brazos y empezó a achucharme.

–Javi, ¡bájame bestia!, mira lo que has hecho –grité sin poder evitar reír a carcajadas.

Totalmente bañada en cappuccino con caramelo, mi blusa estampada y mis vaqueros de lujo quedaron listos para la lavadora. Menos mal que el café se había enfriado ya que, en caso contrario, hubiéramos tenido que celebrar nuestro reencuentro con una de nuestras visitas al hospital. En ese momento fui consciente de cuánto le había añorado. Nunca habíamos estado tanto tiempo sin vernos, tres meses…

Aunque con “mis chicas”, las cofundadoras del “Club de las mujeres que comen sin problemas” siempre puedo contar para todo, no es lo mismo que con Javi. Ellas a menudo no acaban de entenderme o, al menos, no igual que él. Sé que soy un poco rara, yo misma no me entiendo a veces. Mis amigas piensan que soy un ser superdotado intelectualmente que está totalmente inmerso en el trabajo y que no vive la vida como hoy día está establecido que hay que vivirla. Por ejemplo, no le presto gran atención a la moda y no me compro las revistas que ellas se compran pues me parecen todas iguales, una copia de la del año anterior pero con las fotos cambiadas. Cuando vamos juntas a la playa ellas leen el Elle o el Vogue mientras yo devoro The Economist. Eso sí, luego me hacen un resumen, para que me mantenga al día.

No es que la ropa no me guste, soy una mujer. Simplemente prefiero pasearme por la tiendas, ver lo que hay y elegir lo que me llama la atención… porque tenerme que comprar camisetas verdes porque este año se lleva el verde militar o porque a algún diseñador le apetece no lo entiendo. Me revienta ser una hormiguita más que sigue lo que le pauta la sociedad. No negaré que me gusta lo bueno, como a cualquiera, y sé distinguir algo de calidad de algo que no la tiene. Pero no puedo aguantar que tengamos que ir todos iguales simplemente porque Armani y un par más así lo han decidido por nosotros.

Cuando era adolescente no le daba gran importancia a mis "outfits". Sin embargo, con los años, la mujer que hay en mí poco a poco ha despertado en muchos aspectos, aunque rara vez me arreglo mucho. Según las chicas ahí radica uno de mis encantos “tú no te das cuenta, pero los tíos te miran un montón precisamente porque pasas de todo” me dicen siempre. “Es que en el fondo ellos prefieren a las mujeres naturales y sin maquillaje”… Entonces yo me pregunto, ¿para qué se maquillan tanto? Sabiendo como saben lo que prefieren los hombres hacen todo lo contrario, lo cual carece de lógica. Conclusión, las mujeres se arreglan para las otras mujeres, pues hay como una especie de competición constante entre ellas.

En lo que a problemas sentimentales se refiere, supongo que las chicas me entienden mejor, pero sus consejos no suelen ayudarme mucho. Javi, con los años ha cambiado bastante. Su fobia hacia mis conquistas comenzó a remitir un poco y conseguí poder dialogar con él sobre este tipo de temas cuando acabamos la carrera y empezó a trabajar. Supongo que es lo que llamamos madurar. Y, al final, quizá por la costumbre de tantos años, no puedo evitar acabar comentándoselo todo al Sr. Freud antes o después. Si le pillo inspirado, su punto de vista del asunto suele ser bastante útil, por mucha rabia que me dé a veces.

–Vaya –dijo mirándome de arriba abajo en cuanto me depositó en el suelo–, ¿ibas a alguna fiesta?

–A una fiesta… ah, no, esto… –me sonrojé en el acto. Javi estaba acostumbrado a mi “yo” normal, es decir, vaqueros, camiseta, zapato cómodo, nada de maquillaje… mi impulso matutino de hacerme ver por “Ojos Rasgados” no le cuadraba.

–Estás muy guapa –dijo como adivinando mi incomodidad- pero me temo que vas a tener que quitártelo para que lo lave. Venga, entra que te dejo una camiseta.

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