miércoles, 16 de septiembre de 2009

7- Freud

Le llamé y le desperté, pero no le importó, nunca ha sido de dormir mucho. Hacía tres meses que no le veía. La semana anterior me llamó para avisarme de que ya estaba de vuelta y quedamos para vernos, pero entre semana no fue posible. El proyecto en Asia ya había acabado, estaba contento del resultado y, sobre todo, de estar en casa. Aunque habíamos mantenido contacto constante a través de internet debo reconocer que le había echado mucho de menos. No era lo mismo hablar con él a través de un chat de vez en cuando. La diferencia horaria y nuestros trabajos no nos habían dado opción más que a saber que al otro le iba bien.

–Buenos días Freud, necesito hacerte una consulta urgente –, dije nada más oir su gruñido al otro lado de la línea. Desde que estábamos en la universidad le llamaba así. Él era Freud y yo Afrodita, nombres que surgieron de distintas historias vividas juntos en aquellos años.

–¿Eres tú Afrodita? –su voz sonó de pronto alerta –. ¿Se ha hundido la bolsa otra vez? –dijo entre carcajadas.

–La bolsa no, todo sigue igual de mal, sin novedades según el periódico de esta mañana. Necesito otro tipo de consulta. Una de índole personal.

–Vaya, ¿personal que requiere de mi asesoramiento?... debe ser grave. ¿Intensidada 9?

–No es para tanto –dije entre carcajadas.– Te llevo un café.

Conozco a Javi desde el colegio, pero cuando íbamos a clase juntos no nos podíamos ver. Quizá es lógico ya que entre nosotros existía una especie de competición en lo que a notas se refiere. Sobre todo en clase de matemáticas, ambos acribillábamos siempre al profesor con preguntas y acabábamos discutiendo delante del resto de compañeros sobre la forma de solucionar los ejercicios. Cuando empezábamos a discutir el resto empezaba a bostezar o a suspirar "ya están otra vez", debían pensar. A menudo el resultado era el mismo, pero llegábamos a él por caminos distintos y ninguno de los dos cedía. El profesor, Don Guillermo, acababa desesperado, poniendo orden y dándonos la razón a ambos.

En el cole yo no era lo que se dice “popular”. No porque físicamente estuviera mal, o eso creo, sino porque pasaba olímpicamente de todos los tíos. Los de mi edad me parecían demasiado infantiles e inmaduros. Javi, en cambio, a parte de ser brillante, tenía bastante éxito. No es que fuera el más guapo, pero su fuerte radicaba en que tenía, y tiene, mucho carisma y encanto. Con su forma de ser, extrovertida, divertida, ocurrente, junto a una labia superior, hacía sentir a cualquier chica como el centro del universo. Vamos, Javi siempre se ligó a toda la que se propuso. Yo le consideraba un engreido y un fantasma. Quién iba a decirme cómo cambiaría la cosa después.

Cuando llegó el momento de empezar la carrera mis padres me mandaron a Madrid. Bueno, yo decidí ir a estudiar a Madrid y mis padres estuvieron de acuerdo. Hice un par de pruebas de acceso para universidades “prestigiosas” de las que cuestan un pastón. Me cogían en todas, pero pasé, pues no quería que mis padres tuvieran que hipotecarse por mí. Afortunadamente en nuestro país la enseñanza pública está muy bien considerada, o eso pensaba yo.

Aunque no fuera muy original, decidí estudiar Administración y Dirección de Empresas, con la idea de hacer a la vez una especialización en marketing internacional. Siempre había tenido claro que quería trabajar en empresa dentro del departamento de marketing y comunicación.

Llegué a Madrid dos días antes de empezar las clases. Deshice la maleta, me ubiqué y me planté en la universidad el día de inicio llena de ilusión.

Cuando entré en la Facultad el primer día me costó un poco dar con el aula en que tendría lugar mi primera clase. Iba andando distraída mirando no sé qué y me di de lleno con alguien en la puerta.

–Vaya, Afrodita Freud –oí una voz familiar mientras unos brazos fuertes me sujetaban–. No me lo puedo creer, y yo que pensaba que esta clase iba a ser un coñazo.

Me solté inmediatamente, me recompuse rápidamente, y me encontré con la mirada burlona de Javi.

–Vaya, pensaba que en la universidad sólo admitían gente con cerebro, -dije con mi mejor cara de asco.

Se echó a reír. –Ya ves, parece ser que consideran que tengo uno. En la última resonancia salía, increíble, ¿verdad?

Como siempre tan agudo. De pronto me sorprendió.

–¿No podemos firmar una tregua? La vida es corta para guardar rencores –preguntó sonriendo.

Pensaba que me tomaba el pelo, pero su expresión no parecía decir eso. Lo cierto es que no tenía interés en ser su amiga, pero tampoco su enemiga. Casi cedo, pero no quise dar mi brazo a torcer tan fácilmente. Conociendo su lado ácido, era muy probable que me estuviera gastando una de sus fantásticas bromas.

–Ah! ¿Pero estamos en guerra? Yo simplemente te ignoro, como hago cuando algo no me interesa.

Me miró sonriendo, divertido. Me reventaba saber que se estaba divirtiendo, así que no pensaba darle muchas más razones.–Si no te importa, algunos queremos ir a clase –dije mientras intentaba entrar. Se apartó y me hizo una reverencia. Le habría estrangulado.

Los primeros meses de clase transcurrieron tranquilamente. Ya no estábamos en el colegio, así que mis encontronazos con Javi se redujeron a un par de cortes en clase de contabilidad. Pero me di cuenta de que estaba cambiado, pues evitaba los debates conmigo e, incluso, llegó a ceder en alguna ocasión. Eso me desesperaba aún más que el discutir con él, pues era como si me estuviera dejando ganar.

Llegó diciembre, había que empezar a estudiar para los primeros exámenes. El resto de la gente empezaría en enero, después de Navidades, pero yo no. Así que comencé mis incursiones a la biblioteca, Nunca he sido capaz de concentrarme en casa. Y, cómo no, allí estaba él también. Eso sí, siempre rodeado de chicas.

Un día, muy poco antes de irnos de vacaciones, hacía mucho frío o eso me parecía a mí pues tenía escalofríos. Me sentía rara. Era ya muy tarde, pero la biblioteca a la que iba cerraba a las 4h de la mañana en época de exámenes y yo aprovechaba al máximo las últimas horas, cuando la gente se había ido, pues me concentraba mejor. Intentaba leer pero no me enteraba de nada, además, no había cenado. Eso me ocurre a menudo, cuando estoy muy centrada en algo me olvido de comer, hasta que empieza a hacerme unos terribles sonidos el estómago que, cuando estoy con alguien, me hacen pasar una vergüenza horrible.

Ya llevaba unos días en que me sentía muy cansada y, además, no dormía bien. No me saltaba ni una clase, acudía a un curso extra de marketing al que me había apuntado, también escribía artículos para una revista de economía para sacarme un dinero extra, y por las noches estudiaba como una loca para poder aprovechar las Navidades en casa.

Estaba ahí sentada, delante de los apuntes y, de pronto, todo se nubló a mi alrededor. Sólo sé que todo se puso negro y que no recuerdo nada más.

Cuando abrí los ojos estaba tendida en el suelo rodeada de la poca gente que a las 2h de la mañana de un viernes se queda en una biblioteca. No podía respirar, sentía una gran presión en el pecho.

–No te preocupes, no pasa nada. Inspira fuerte y saca el aire despacio. A ver, dejad sitio –era su voz, Javi estaba de rodillas a mi lado, me miraba con cara de preocupación. No sé por qué pero al verle allí me sentí mejor. De repente todo se puso negro de nuevo y volví a perder el conocimiento.

1 comentario:

  1. VAN estoy hasta emocionada ufff... esta chica tiene demasiado cosas en común conmingo, ¡estudia hasta lo mismo que yo! y tenemos el mismo problema con las tripas jajaja INCREIBLE! es la primera vez que leo una historia y me siento tan identificada! Parece que estan contando mi vida pero con algunas diferencias. Seguiré leyendo! Se que me esperan muxas sorpresas! Un beso!

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