miércoles, 16 de septiembre de 2009

6- A prueba

Posicionada ante el cajero de pelis con “Ojos Rasgados” a mi lado, me costó mucho prestar atención a sus explicaciones.

Me enseñó todo lo referente al alquiler de películas a través de aquel aparato que, aún sin concentrarme en ello, sabía perfectamente que podría utilizar sin necesidad de explicaciones. Aunque ahora no me fijara en el procedimiento de elección, en cómo encontrar las últimas novedades o buscar por actor o género una película, no me cabía duda de que sería capaz de usarlo. Si soy capaz de llevar grandes cuentas y organizar presentaciones para clientes rusos, creo que con esto me apañaría sin problemas.

Pero no me había podido resistir a ese momento íntimo con él. Al menos para mí era algo íntimo estar con él a solas delante de un cajero... “Estoy fatal, ¿cómo puedo ilusionarme por el mero hecho de que estemos aquí los dos y haga lo que hace con cualquier usuario? Aunque también es cierto que se ha ofrecido inmediatamente, ¿significará eso algo? Basta ya, esto es absurdo, está haciendo su trabajo”.

Intenté poner mi “cara de concentración absoluta”. La misma que pongo cuando en una reunión los clientes me explican sus ideas, a veces totalmente absurdas. En esas situaciones pongo la “cara de que todo lo que dices es interesante”, aunque realmente no tenga ningún sentido y ya sepa de antemano que la idea no hay por dónde cogerla.

Lucas se mantenía serio, concentrado. Yo le miraba de reojo, asintiendo, mirándole más, volviendo a asentir. De pronto noté un calambrazo en el hombro, de tanto asentir casi me contracturo. Sin darme cuenta analizaba su perfil. Con la luz del sol le brillaban los pelos de la barba de tres días. Se notaba que tenía mucha barba, algo que me encanta en un hombre. Nunca he podido entender a las mujeres que prefieren a un hombre sin un pelo y todo rasurado antes que a uno con pelo donde toca.

Ahora entrábamos en la parte de cómo averiguar si has visto ya una película, para no confundirte y volverla a coger. Mientras manipulaba el cajero, “Ojos Rasgados” me miraba directamente a los ojos, como para enfatizar lo que me explicaba y comprobar que le seguía. En esos momentos el aire se me cortaba en los pulmones. “No me mires así, no me mires así. Mira al cajero, por favor…”

–Bueno, ahora haz tú una prueba –comentó de pronto.

No me esperaba que me fuera a poner deberes. Me pilló totalmente desprevenida.

–¿Cómo dices? –pregunté con un hilo de voz.

–Que hagamos una prueba, para ver si lo has pillado –dijo mostrando su encantadora e insoportable sonrisa, mientras me tendía mi tarjeta.

Creo que soy una mujer inteligente. Sin embargo, no sé por qué, delante de Lucas no era capaz de pensar. Era una sensación totalmente nueva para mí, algo tan desconcertante e inexplicable que, a la vez me gustaba y me irritaba muchísimo. Siempre he sido capaz de controlar casi todo con mi cerebro y el hecho de que los ojos, la mirada, la sonrisa o no sabía exactamente el qué de “Ojos Rasgados” me dejara fuera de combate era algo que intentaba analizar, a la vez que hacía esfuerzos por hablar sin parecer idiota.

–Vale, una prueba… voy a ver… –introduje la tarjeta en el cajero. Ahora venía la parte en que debía teclear mi pin que, por supuesto, no recordaba. Lucas me miraba directamente y eso no ayudaba a que mi mente recuperara aquel insignificante dato. “¿Cuál es mi pin? Si me lo acaba de decir, incluso me ha pedido si quería cambiarlo y he dicho que no… mira que no cambiarlo... esto es una pesadilla, quiero desaparecer”. Si rezara habitualmente ese hubiera sido un buen momento.

–Esto... sé que debo introducir el pin –dije rápidamente para que, al menos, no me tomara por una auténtica inútil. Pero si ya me estaba costando concentrarme, el hecho de que se puso detrás de mi no mejoró la situación. La brisa me trajo su olor y volví a sentirme mareada. Olía dulce, pero no empalagoso. A jabón, pero no a colonia. Eso me gustó. Supongo que olía a él y me encantaba. Notaba su presencia muy cerca de mí, su cuerpo desprendía mucho calor, ¿o quizá era el mío?

–Lucas, te llaman por teléfono –era Jaime, mi “amigo” el jovencito, que asomaba la cabeza por la puerta.

Mi salvación, Lucas se disculpó y entró para contestar a la llamada. Yo aproveché para sacar la tarjeta del cajero rápidamente. Ya me acordaría del pin o se lo preguntaría a Jaime.

Me quedé allí parada pensando. Lo que me ocurría con Lucas escapaba a mi comprensión. Pero no me apetecía contárselo a mis amigas, ya me imaginaba sus comentarios “Eso significa que estás pillada, eso es amor a primera vista”. Nunca había creído en el amor a primera vista, no se puede amar a alguien que no conoces.

De pronto supe con quién quería hablar. ¿Estaría despierto ya? Probablemente no, seguro que había salido la noche anterior. De todos modos marqué su número y, si dormía, le llevaría un buen café a casa.

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