miércoles, 16 de septiembre de 2009

5- Lucas

Entré tranquilamente. No quería que se me notara ningún tipo de ansiedad. No sé cómo conseguí mantener la expresión de la cara normal, pues el corazón se ma salía literalmente por la boca.

Me dirigí directamente al mostrador, que se encuentra al lado derecho nada más entrar. Para mi decepción tras él me sonreía mi “amigo” el jovencito. Ni rastro de “Ojos Rasgados”. Se me hizo un nudo en el estómago, mis temores se habían cumplido, no estaba.

Los chicos de siempre se van turnando, aunque los viernes por la tarde siempre están los dos. Como nunca había ido en fin de semana no sabía cómo se organizan. Era posible que sólo hubiera uno, aunque me extrañó, pues debe ser el momento de mayor afluencia de clientela.

De todos modos “Ojos Rasgados” quizá era un amigo que el día anterior había hecho el favor de sustituir a alguien. ¡Qué tonta al haber pensado que trabajaba allí!

A medida que me acercaba, mi “amigo” esbozó una amplia sonrisa – ¡vaya sorpresa verte por aquí un sábado! –dijo alegremente.

–Pasaba por aquí y se me ocurrió dejar las pelis que me llevé ayer –me salió por la boca sin ni siquiera pensarlo. “Mentirosa, eres una mentirosa”.

–¿Y qué tal? ¿Te han gustado? –preguntó.

–No están mal... el thriller algo sangriento, pero bueno.

–Déjame ver... es que esta no es para ti, yo te lo habría dicho –dijo, mientras miraba el DVD. “Y Ojos Rasgados también me lo dijo, pero como soy idiota, no le hice caso”, pensé.

–¿Quieres llevarte otra? –preguntó sonriendo de nuevo.

–La verdad es que no creo, ayer no quedaba mucha cosa y hoy supongo que menos –le contesté.

–Siempre te queda la opción de mirar en el cajero de fuera –oí a mi espalda. Inmediatamente las piernas empezaron a temblarme y el corazón se me aceleró en un segundo. Casi me mareo y todo. Era “su” voz.

Me giré de golpe para encontrarme a “Ojos Rasgados” justo en frente, con varias carátulas de pelis en las manos, supongo que las estaba colocando. Por desgracia, mi convencimiento de que la noche anterior, cansada y mojada, no le había visto bien y que no existía ningún tipo de atracción hacia él falló completamente. Casi pierdo el equilibrio cuando me encontré con su mirada de nuevo. Y esta vez la intensidad de la sensación fue todavía más fuerte, si cabe, que el día anterior.

“Ojos Rasgados”, a la luz del día era más alto de lo que le recordaba. De complexión delgada pero atlética, se notaba que no estaba precisamente fofo, aunque tampoco parecía ser de los que se machacan en el gimnasio. Llevaba el pelo, moreno, tirando a largo. Vestía unos vaqueros y una camiseta, nada del otro mundo, pero tenía presencia. Se le notaba que cualquier cosa que se pusiera le iba a quedar bien. Los rasgos de su cara eran correctos, nariz normal, los labios ligeramente carnosos, pero tampoco exagerado. Lo desconcertante, al menos para mí, eran sus ojos, que te miraban y taladraban, como si pudiera leerte por dentro.

Me quedé de nuevo como una tonta parada sin decir nada. Él sonreía, “oh, no, no hagas eso”. Cuando sonreía sus ojos se cerraban aún más y una hilera de dientes perfectos le iluminaban el rostro. Tenía ángel en la sonrisa.

En otro momento de mi vida habría pasado tranquilamente a analizar la situación con calma, pero “Ojos Rasgados” tenía el poder de dejarme desarmada. No quería reconocerlo pero así era. Nunca me había pasado nada igual. Los que me conocen consideran que poseo el don de la palabra, es muy difícil conseguir quedarse conmigo sin recibir un buen corte. Sin embargo, delante de “Ojos Rasgados” me faltaba el oxígeno y mi mente se quedaba en blanco, totalmente perdida en sus ojos. Sé que suena cursi pero ¿qué otra cosa puedo decir? Me sentía totalmente desorientada. "¿Qué me está pasando?".

–Aha, ya –conseguí balbucear–, bueno es que nunca he usado el cajero de fuera... siempre vengo dentro, no sé por qué...

–Eso no es problema –dijo pasándole las carátulas a mi “amigo” el jovencito –. Toma Jaime, déjame eso por ahí, por favor, que voy a enseñar a la señorita a usar el cajero. Bueno, perdón, ¿señora? –preguntó mirándome divertido.

–¿Cómo? No, no, señora no –dije– aunque lo de señorita tampoco me gusta cómo suena –empezaba a recuperar mi capacidad de razonar.

–Pues en ese caso a Paula –respondió. Me quedé petrificada, ¿cómo sabía mi nombre?

–Lo pone en la tarjeta –dijo como si me hubiera leído el pensamiento señalando la tarjeta del vídeo club que tenía en mi mano.

–Ah, ya, claro. Sí, Paula –patético, sólo me faltaba decir “Claro, Paula, esa soy yo, gracias por recordármelo”.

–Yo soy Lucas, por si alguna vez necesitas algo –dijo mostrándome de nuevo su sonrisa. Ahí casi me caigo de verdad–. ¿Vamos?

Nos dirigimos hacia la entrada, él iba delante. Cuando llegó a ella se paró y e hizo un gesto con el brazo mientras me clavaba la mirada –Paula primero– dijo, y me abrió la puerta.

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