miércoles, 25 de noviembre de 2009

13- El Club de la mujeres que comen sin problemas

El domingo tocaba reunión del “Club de las mujeres que comen sin problemas”. Fundamos el club hace cuatro años mis tres amigas del alma, como suele decirse, y yo para dejar constancia de que nos revelamos contra el sistema y la imposición de que tenemos que comer poco y estar eternamente a dieta. Yo, afortunadamente, nunca he tenido ese problema. Pero alguna de las cofundadoras del club sí que lo tiene, así que, aunque digamos que no estamos de acuerdo con los cánones establecidos, al final resulta que alguna se dedica a comer siempre ensalada cuando quedamos. En el fondo da igual, la cuestión es tener una buena excusa para quedar y vernos cada semana al menos una vez.

Como en cada organización de chicas que se precie, cada una de nosotras es un prototipo de mujer bastante distinta a las demás. Y por ello a Cristina, la más creativa del grupo, se le ocurrió identificarnos a cada una con uno de los personajes de Sexo en Nueva York, pero “de andar por casa” según ella.

Debo reconocer que cuando lo dijo yo era la única que no sabía a qué se refería con “Sexo en Nueva York”. Menudo escándalo, para ellas era impensable que un ser viviente no conociera a Carrie y sus amigas, así que hicimos un intensivo de varios domingos tragándonos la serie hasta que vi todas las temporadas. Debo reconocer que me acabé enganchando y, al final, cuando se acercaba el domingo, empezaba a alegrarme de que el momento de seguir averiguando qué iba a ocurrir se acercaba.

Por supuesto a mí me encasquetaron a Miranda en el acto. No entiendo por qué. Según ellas soy clavada: la mujer trabajadora, seria, responsable, que no anda loca buscando una relación (aunque yo creo que Miranda en el fondo sí la busca)… todo adjetivos nada atractivos bajo mi punto de vista, aunque mis amigas los consideran fantásticos y muy necesarios en la mujer moderna.

A Cristina, que trabaja de secretaria de dirección en una multinacional, siempre le ha encantado escribir. Ella dice que es periodista frustrado, así que nosotras la animamos para que mande artículos a alguna publicación. Yo he leído cosas suyas y debo reconocer que están muy bien. Tiene un blog, el único que leo y sigo por solidaridad, sobre muy diversos temas, que nos obliga a leer y en el que debemos dejar comentarios en todas sus entradas.

Por supuesto, Cristina es Carrie aunque, según ella, algo “desglamouralizada”, osea, con menos glamour. Incluso comparte su afición por los zapatos, si bien no se ha podido comprar unos “Manolos” ni de segunda mano.

Una vez me obligó a acompañarla a la tienda de Manolo Blahnik en Serrano sólo para probarse un par. Fue muy divertido ver su cara de incredulidad ante lo que veía, luego su expresión decidida al pedir unos y por fin las mil veces que se miró al ponérselos con expresión de éxtasis. Menos gracia me hizo cuando se empeñó en que me probara unos yo. Encima eligió ella el modelo, que debo reconocer que deben ser los zapatos más bonitos a la vez que más incómodos que me he puesto en los pies en toda mi vida. Lo cierto es que me hubiera encantado poder comprarle un par, o al menos uno de los zapatos para que lo pusiera de adorno en el salón de su casa.

Cuando salimos de la tienda irradiaba algo extraño, supongo que era satisfacción.

–Al menos ya sé lo que se siente con ellos en los pies –dijo muy digna.

–Ya te digo, menudo dolor… ¿cómo puede nadie andar en puntas? –exclamé.

Se paró en seco y me miró horrorizada, como si acabara blasfemar o insultarla.

–Aiss Paula, te voy a tener que dar un curso acelerado de femineidad porque lo tuyo no tiene nombre…

Yo me quedé, como dice ella, “a cuadros” preguntándome por qué me decía eso cuando rompió a reír a carcajadas.

–Eres única tía –dijo de pronto dándome un abrazo.

No entendía nada pero le devolví el abrazo. Intuí que probarme unos “Manolos” quizá debería haber constituido una especie de orgasmo para mí, al igual que lo había sido para Cris. No sé, supongo que yo soy así, una Miranda a la española.

martes, 17 de noviembre de 2009

12- Revelaciones

El sábado lo pasé con Javi. Teníamos que ponernos al día de muchas cosas. Mientras mi ropa se lavaba y luego se secaba en la secadora, mi modelito para andar por su casa consistió en una camiseta talla XL en la que se leía “Sex Instructor. First lesson free”.

En vista del éxito de los capuccinos que había llevado para acabar bañada con ellos, Javi preparó unos latte machiatos con su súper cafetera y nos tiramos en el sofá. Le puse al día de mi “historia” en un momento. No me interrumpió ni una sola vez, me escuchó muy concentrado y, al terminar me miró seriamente

-Creo que tienes un grave problema –me dijo-. Sufres de una fuerte atracción física hacia el tío que te alquila las pelis… Dios mío, ¡es un problemón!

Ya me había imaginado que su respuesta sería de esa índole, era totalmente normal que lo encontrara una chorrada. En el fondo, si me paraba a pensarlo, de pronto a mí tampoco me parecía tan importante. Me sentía atraída por una persona, ¿qué problema suponía eso? Ninguno. ¿Por qué le daba tantas vueltas? Bueno, porque me descolocaba, porque nunca antes me había sentido desarmada por nadie… pero quizá era cierto que le estaba dando demasiada importancia a algo que no la tenía. Estuve a un pelo de empezar a rebatir y pedirle más explicaciones, pero me di cuenta de que no tenía sentido, en el fondo era cierto, tanto esperar a Freud para que con una frase me hiciera ver la realidad más cristalina.

Decidí no insistir en el tema, así que estuvimos hablando de cómo nos había ido durante aquellos meses. Javi me contó lo bien que había salido todo en Singapur. Por lo visto le habían ofrecido volver y quedarse allí durante un par de años dirigiendo el proyecto que le enviaron a poner en marcha. Se lo estaba pensando. Era una buenísima oportunidad y, además, nada le ataba. Cuando pronunció las palabras “no tengo ataduras aquí”, una extraña sensación me invadió. Sabía que no tenía sentido sentirme así. Yo no era “algo” que debiera hacerle plantearse que existía una razón para no irse. Pero pensar en estar sin él, realmente sin él durante años o, quizá, para siempre, me pareció, de pronto, algo insoportable.

Deseché ese pensamiento rápidamente. Éramos amigos, los mejores y debía alegrarme por cualquier cosa positiva que ocurriera en su vida, aunque se tratara de irse prácticamente al otro lado del mundo.

Intenté centrarme en alejar aquella extraña sensación y concentrarme en disfrutar con él del día. Comimos pasta en su casa y por la tarde salimos a dar un paseo y después a picar algo. Mientras íbamos por la calle no pude evitar darme cuenta de cómo le miran las mujeres. Antes no había caído… siempre había sabido que despertaba pasiones a menudo, aparte de ser atractivo, lo de siempre, su labia sin igual. Pero no me había fijado en que eran muchas las que le miran cuando no abre la boca.

Necesitaba unas vacaciones urgentes, o quizá la regla estaba a punto de venirme pues tanta sensiblería no era propia de mí. Volví a esforzarme en la complicada técnica de alejar los pensamientos molestos y me concentré en los pinchitos que estábamos eligiendo para comer. Una noche divertida, como siempre, con mi Freud particular.