martes, 15 de junio de 2010

27- Empezando a perderme

Cuando llegamos al restaurante todavía seguía sintiéndome culpable. Intentaba quitarle hierro al asunto e imaginarme que si fuera a la inversa yo no me hubiera enfadado con Javi si se olvidara de mí por ir a la cita más deseada de su vida… Como he dicho “intentaba” imaginármelo pues, desgraciadamente, estaba casi segura de que en ese caso mi cabreo sería tremendo y, probablemente, tendríamos una seria “crisis” de amigos. También debo reconocer que yo soy mucho menos permisiva y más estricta que “Freud”. Afortunadamente para mí él es mucho más pasota.

-¿Dónde estás? –me preguntó “Ojos Rasgados” mientras me abría la puerta del coche.- Hace un buen rato que te has ido.

-No, qué va! Es que me da mucha rabia haberme dejado el móvil. Tenía que hacer una llamada importante… pero no pasa nada –intenté mentir.

-¿Estás segura de que no quieres usar el mío?

-No, gracias. El problema es que no me sé el número de memoria. Un gran fallo… -dije en voz alta.

-Vale, pues entonces vuelve a la Tierra conmigo –me dijo parándose en frente de mí y mirándome fijamente.

De pronto Javi se borró de mi mente. Lucas había conseguido captar mi atención. Supongo que me había dejado mi tiempo en el trayecto en coche, pero ahora no parecía estar dispuesto a que me dispersara.

Para mi sorpresa me cogió de la mano y me condujo a la entrada del restaurante. Como hacía buen tiempo la terraza estaba llena de gente. Nunca había estado allí, era un lugar precioso, lleno de plantas y velas. Las mesas estaban vestidas de blanco y de las hojas de los árboles colgaban luces blancas. Era simplemente perfecto, aunque no tenía ni idea de la clase de comida que servían.

-Bienvenida a “mi guarida” –dijo Lucas con una sonrisa.- A partir de ahora puedes olvidarte del teléfono porque eres totalmente mía.

De pronto ya nada tenía importancia, nada más que él. Le miré con las mejillas ardiendo y casi me desmayo cuando me cogió por la cintura y me empujó ligeramente hacia las mesas.

jueves, 10 de junio de 2010

26- Olvidando que me olvido

El trayecto al restaurante en el coche de Lucas fue tranquilo y distendido. Había temido mucho ese momento, el estar los dos solos por la carretera y no saber de qué hablar, o terminar hablando demasiado por miedo a no dejar de hacerlo. Afortunadamente con él todo era como… muy fácil. “Ojos Rasgados” daba la impresión de ser un hombre muy seguro de sí mismo, activo, emprendedor, competitivo, pero a la vez tranquilo. Incluso era posible darse cuenta de ello en su manera de conducir. Su coche, un 4x4 muy chulo, no tengo ni idea de qué marca ya que que no estoy nada puesta en esas cosas, se deslizaba por el asfalto sosegadamente, sin un acelerón ni un frenazo. Mientras, íbamos hablando sobre distintas cosas, un poco de esto y otro de aquello. Me sentía muy cómoda. Era como cuando estaba con… “¡Oh, no! ¡Javi!”. Se me había olvidado completamente.

-¡Mierda! –exclamé mientras revolvía en el bolso buscando mi móvil como una loca.

-¿Qué ocurre? –me preguntó Lucas algo alarmado-, ¿va todo bien?

-Esto… no, bueno sí… no es nada grave, es que tengo que hacer una llamada, perdona. Si consigo encontrar mi móvil, claro.

-Coge el mío –dijo tendiéndome un iphone.

-No gracias, necesito consultar un número de teléfono de la agenda.

Desesperada me di cuenta de que con tanto preparativo para la cita me había olvidado el móvil en casa. Desde que llegaron a nuestras vidas los teléfonos que llevamos con nosotros cada día con su agendita incorporada no me sé el número de teléfono de nadie, ni siquiera el mío… Así que por mucho que lo intentara no podía llamar a “Freud”.

Empecé a sentir un gran nudo en la boca del estómago. Ya llevábamos un buen rato en el coche. Pedirle a Lucas que diera la vuelta era impensable. Por otro lado me imaginaba a Javi llegando a mi casa con la pizza y las pelis. Le podía ver llamando al interfono sin que nadie contestara. No tenía la menor idea de cuál sería su reacción. Quizá no se enfadara, volviera a casa y cuando le contara la razón se alegrara por mí. Pero también corría el riesgo de que se sintiera dolido y decepcionado. Puede tener sus defectos, pero Javi es un hombre de palabra y, sobre todo, nunca falla.

jueves, 3 de junio de 2010

25- Mira ahora, mira ahora puedes mirar

El interfono sonó a las nueve en punto, ni un minuto más, ni un minuto menos. En un instante bajé de la nube en la que me encontraba para aterrizar en mi habitación, con una especie de ataque repentino:

-¡Es él! ¡Está abajo!

Cris también pegó un respingo y corrió hacia la ventana. Suele mimetizarse con la gente que se encuentra en situaciones de estrés, que era mi caso. Supongo que lo hace por solidarizarse con los demás. Según Alex, “Cris es una histérica parásita de emociones”. Yo no lo diría tan duramente. Simplemente “lo vive”.

-¡Cris!¡aléjate de la ventana que te va a ver! –le grité en susurros horrorizada. Algo complicado lo de gritar en susurros, lo sé, pero en estos casos una lo consigue.

Sólo de pensar que “Ojos Rasgados” pudiera creer que el salir a cenar con él suponía un acontecimiento especial en mi vida me resultaba insoportable. “Sigo siendo la orgullosa de siempre, menos mal”, pensé.

-¡Pero si no me ve! –contestó la aludida desde detrás de las cortinas-. De todos modos no le veo… Ah!¡ahora sí!

-¿Y cómo va vestido? –pregunté “al borde de un ataque de nervios”.

-Muy bien, está muy guapo.

-¡Lo sabía! Se ha arreglado y yo voy desentonando con este look semi hippie que me habéis puesto.

Las tres se habían apiñado tras las cortinas. Victoria, que debía ser la que mejor visión tenía, a la vez de ser la más discreta me tranquilizó:

-Para nada, va en vaqueros con una camisa muy bonita. Guapo, pero informal. ¡Estás perfecta!

Mis miedos se disiparon ligeramente, pero el corazón parecía querer salirse de mi cuerpo por algún lado y no parecía haber decidido por dónde ya que me latía con mucha fuerza.

El interfono volvió a sonar. No sé por qué pero esta vez el pitido pareció más fuerte. Eso no es posible, el interfono suena siempre igual, pero parecía impaciente.

-¡Haz el favor de contestar o te vas a quedar sin cita! –me gritó Alex en susurros. Ella también sabe gritar en susurros... realmente todas sabemos, es algo que una lleva dentro y utiliza con frecuencia cuando se comunica con sus amigas.

Corrí, descolgué y respondí lo más normalmente que pude.

-Hola Paula, soy Lucas, el que te salvó la vida esta tarde, ¡espero que me recuerdes!-. Hasta a través de un aparato era capaz de hacer que me pusiera roja.

-Hola, mmmmm, ah! ¡Sí, te recuerdo! ¿Cómo va la vida?- dije entre risas.

Mis amigas me miraban como si estuviera loca. Lógicamente no podían oír a la otra parte.

-Desde la última vez que nos vimos mi vida ha sido un suplicio. Pero ahora que sé que voy a verte me siento mucho mejor.-Podía imaginarme su sonrisa sólo con oír su voz-. ¿Subo a buscarte o bajas?

-Creo que seré capaz de bajar yo sola. Ya estoy lista, en dos segundos estoy abajo.

-Perfecto, una mujer puntual, vaya, vaya…

Colgué y me apoyé contra la pared. Miré a las chicas que ya se habían puesto en marcha. En un instante me ayudaron a ponerme la chaqueta vaquera estratégicamente elegida para darme un aire chic. Me dieron el bolso que habíamos elegido y preparado meticulosamente con todo lo que pudiera hacerme falta, junto con gran variedad de cosas que no iba a necesitar más que en caso de producirse una catástrofe natural. Cris me colocó en el cuello un pañuelo con pequeños flecos.

Ya habíamos acordado que esperarían diez minutos en mi casa antes de irse para evitar un encuentro de todos abajo.

-Chicas… ¡sois las mejores! –les dije emocionada.

-Venga tonta, ¡baja ya y pásalo muy bien! –me dijo Cris empujándome hacia la puerta.

-Y no te pongas nerviosa, ¡se tu misma! –añadió Victoria.

-Y ¡no se te ocurra llamarme mañana si no pegas un buen polvo después! –remató Alex.

Me metí en el ascensor y tras presionar el botón para bajar cerré los ojos e intenté concentrarme en mi respiración. Jamás en toda mi vida me había puesto tan nerviosa ante una cita para salir con alguien. Lo cierto era que jamás me había puesto nerviosa salir con nadie.

“Espero no matarme con estas botas”, pensé. El tacón no es que fuera excesivo, pero ante mi falta de práctica y mi nula concentración cuando me encontraba bajo el influjo energético de Lucas ya no me fiaba.

Al abrirse las puertas salí decidida. A medida que me iba acercando a la puerta de la calle empecé a adivinar su figura tras el cristal. En el momento en que agarré el picaporte para abrir, nuestros ojos ya se habían encontrado y se me había vuelto a olvidar respirar.

Con gran satisfacción me di cuenta de su desconcierto inicial al verme. Por un instante temí que quizá se hubiera llevado una decepción, sin embargo, en décimas de segundo el extraño brillo de siempre se intensificó en su mirada. Incluso me atrevería a decir que se tornó más oscura y profunda. Entonces volví a sentir “el poder” de unos minutos antes.

La química funciona sin que podamos controlarla, ya lo he dicho en otra ocasión, pero “siempre se le puede dar un empujoncito con algo de color y trozos de tela”, como dice Cris, mi Carrie particular.