jueves, 24 de septiembre de 2015

31- Despertando

Cuando abrí los ojos al sonar la alarma de mi móvil Lucas no estaba a mi lado. Me incorporé de golpe y en seguida vi una nota sobre la mesilla de noche.

“Gracias por una noche maravillosa. Tenía que irme para arreglar unas cosas antes del trabajo y estabas tan preciosa dormida que no te he querido despertar.
Un mordisco en los labios,
Lucas”

El corazón me latía con fuerza. Se había ido y yo no me había dado ni cuenta, eso me produjo una sensación de desánimo. La nota no decía nada de llamarme o de volver a vernos, algo que me provocó cierta ansiedad. Sentía algo de resaca y mucho sueño, pero no podía perder el tiempo pues tenía una reunión a primera hora. Me levanté deprisa para prepararme para ir al trabajo. Me duché, me puse un poco de colorete y rimel y salí corriendo hacia la puerta pues iba a llegar tarde, algo que nunca hago.

Cuando iba a salir, en el suelo, encontré otra nota. Esta estaba escrita con una letra que conocía bien:

“Me he encontrado con las chicas cuando llegué con las pizzas y ya me han informado de que tenías una cita esta noche. Supongo que se te pasó avisarme. Espero que lo pases muy bien,
Besos
J”

Cogí el teléfono y le llamé inmediatamente.

–Buenos días Afrodita –contestó alegremente. Podía oír que tenía puesto el manos libres del coche. –Ya me contaron ayer que estuviste ocupada y acompañada.

–Javi, lo siento muchísimo, se me pasó avisarte, fue una cosa algo precipitada…

–No te preocupes, me alegro por ti si lo pasaste bien.

–Sí, estuvo bien, fue una noche muy agradable –contesté un poco sin saber qué decir.

–Y ¿qué tal fue? ¿hubo tema? –preguntó riendo.

–¡Javi! Menuda pregunta… ¿no se te ocurre nada mejor que decirme?

–Oye, no te enfades, si es algo que siempre me has contado.

–Bueno, sí, algo hubo…

–¿Y cómo has quedado con tu enamorado? No me has dicho cómo se llama.

–Pues hemos quedado en que ya hablaríamos –mentí. –No le conoces, ha llegado hace poco, casualmente es el hermano de Marina, la dueña del “Tierra de Nadie”, y se llama Lucas.

Se hizo un silencio. Me pareció que se había cortado.

–Javi, ¿estás ahí?

–Sí, estoy aquí…

–¿Qué pasa? ¿se te ha comido la viperina lengua el gato de pronto?

–¿Sabes su apellido?

–Pues la verdad es que no… Marina recuerdo que tiene un apellido que es como un nombre de pájaro, pero ahora no lo recuerdo.

–¿Gavilán? –preguntó con voz grave.

–Sí, exacto, eso es. ¿Cómo lo has sabido?

–Porque me parece que sí conozco a tu Lucas… trabajó con nosotros una temporada. Había oído algo sobre su vuelta por aquí.

–¿Qué dices? ¿Crees que Lucas trabajaba en tu empresa?

–¿Cómo es? ¿Físicamente?

–Es muy moreno, alto, atlético…

–Pues creo que es él… Y si es el caso, no tengo muy buenas referencias que darte.

–Venga Javi, ¡estás celoso! Siempre que me gusta alguien acaba dándote rabia.

–Paula, Lucas Gavilán es un tío... podríamos decir que peligroso.

–Pero ¿qué estás diciendo? –pregunté, no sin sentir en mi interior que las alarmas del día anterior volvían a activarse.

–Ahora estoy llegando a la oficina y no puedo seguir. ¿Te vienes a casa a cenar y hablamos?

–Me parece que te estás equivocando pero vale, te veo sobre las nueve en tu casa. Llevaré pizzas, te las debo de ayer…

–Muy bien. Nos vemos luego.

Cuando colgué una sensación extraña me invadió. “Peligroso"… algo me decía que lo era y ahora esto... No quise seguir escuchándome. Cogí el bolso, los papeles y las llaves y me apresuré a salir por la puerta, aunque ya llegaba tarde.


miércoles, 23 de septiembre de 2015

30- En sus brazos

De pronto la puerta del ascensor se abrió y entramos a toda prisa. Una vez hube pulsado la tecla del segundo piso Lucas volvió a besarme, esta vez con menos suavidad, como si fuera a devorarme con los dientes mordió mi labio inferior volviendo a provocar un calambrazo por todo mi cuerpo. Me empujó con delicadeza contra la pared y me inmovilizó con su cadera mientras pasaba su mano por mi espalda, enredando sus dedos en mi pelo y tirando de él suavemente hacia atrás mientras acariciaba mis labios con su lengua. Comencé a sentir algo que no había sentido nunca, un deseo incontrolable.

La puerta se abrió de nuevo y le cogí de la mano guiándole hacia mi apartamento. Sentía  que no podía esperar más, pero él, de pronto, estiró de mi brazo volviendo a empujarme contra la pared. La sola idea de que algún vecino apareciera me hizo empezar a respirar cada vez con más fuerza. Su mirada oscura sobre mí me dejó sin aliento.

–Eres preciosa –dijo mirándome fijamente a los ojos y besándome de nuevo. Le volví a coger de la mano y tiré de él de nuevo hacia mi puerta. Una vez delante de ella volví a revolver en mi bolso en busca de las llaves, esta vez con más suerte. Una vez dentro encendí la luz.

–¿Quieres tomar algo? –logré articular recomponiéndome un poco.

–Te quiero a ti –respondió mirándome muy serio. En ese momento ya no pude contenerme, nos abalanzamos el uno sobre el otro en medio del salón. Me subió a horcajadas y me acercó al sofá.

–No, a la habitación –dije indicándole dónde estaba mi cuarto.

Me depositó sobre la cama, alejándose de mí para mirarme. Creí que iba a derretirme. Alargué el brazo y tiré de él por la camisa hacia mí. Nos desvestimos el uno al otro con impaciencia y me hizo el amor como nunca nadie lo había hecho antes. Primero despacio, con mucho cuidado, luego más fuerte, más intenso. Yo me sentía sumida en una nebulosa de sensaciones desconocidas. Nunca había experimentado un nivel de excitación igual, ni había sentido que me compenetraba con alguien de un modo similar.

Al terminar nos quedamos tumbados entrelazados, yo apoyada en su pecho mientras él me acariciaba la espalda. Ambos nos habíamos quedado como en un extraño estado de sosiego. De pronto oí su respiración profunda, se había quedado profundamente dormido. Le miré, su rostro estaba totalmente relajado y tranquilo y abrió los ojos lentamente.

–Hola –dijo en un susurro.

–Hola –respondí no pudiendo evitar una sonrisa.

–No nos hemos portado muy bien finalmente –su mirada pícara se iluminó.

–Me temo que no mucho. Mañana me voy a acordar mucho de ti en el despacho.

Cerró los ojos y echó la cabeza atrás mientras seguía acariciando mi espalda y bajaba la mano un poco más hasta rozarme la parte baja de la cintura.

–Sí, es una pena que sea tan tarde… porque me encantaría comerte entera otra vez.

Mi cuerpo se convulsionó y sentí un gran deseo de nuevo. Alcé la vista desde donde estaba apoyada y vi su barba, abundante, que ya empezaba a dibujar una sombre negra y sexy por los lados de su rostro. Estaba irresistible.

Volvió la vista abajo y me encontré con sus ojos que me taladraron de nuevo. No pude hacer nada para negarme o resistirme. Volvimos a hacer el amor más intensamente que la otra vez, si eso es posible, y acabamos agotados sumidos en un sueño profundo hasta que se hizo de día.

martes, 22 de septiembre de 2015

29- Irremediablemente perdida

Después de los postres y unas copas más de champagne Lucas me miró divertido.

–Bueno, me parece que es hora de que la lleve a casa señorita. Mañana creo que debe usted ir a trabajar.

Era cierto, el día siguiente era lunes. Tenía mil cosas en el trabajo e iba a tener que hacerlas frente con una buena resaca. Otro de mis problemas, mi escasa o, mejor dicho, inexistente tolerancia al alcohol.

–Sí, lo cierto es que se ha hecho algo tarde.

–Eso suele ocurrir cuando uno está disfrutando el momento. El tiempo pasa y uno no lo ve.

Nos levantamos sin que nadie se acercara con la cuenta.

–La cuenta… –dije algo incómoda.

–Esta es una invitación mía, no te preocupes por nada. ¿Vamos?

–Muchas gracias, ha sido una cena fantástica en un sitio precioso…

–Me alegra que te haya gustado –dijo complacido.

Una vez nos levantamos nos acercamos a Marcos que estaba detrás de la barra arreglando la presentación de una bandeja.

–Como siempre ha sido un placer y un gusto estar aquí –dijo Lucas.

–Me alegra oír eso, espero que todo haya sido de vuestro agrado –respondió mirándome.

–Estaba todo buenísimo y te felicito por el lugar… es precioso.

–Muchas gracias –respondió sonriendo.—Espero que el resto de la velada la paséis muy bien.

Le guiñó un ojo a Lucas y luego le dio de nuevo un efusivo abrazo. A mí se me acercó con una amplia sonrisa y me dio los dos besos de rigor.

Una vez en el coche conseguí relajarme un poco. Lucas me abrió la puerta para que entrara. Luego condujo con cuidado mientras nos dirigíamos a mi casa. De pronto un montón de pensamientos se agolparon en mi cabeza. “Y ahora ¿qué? ¿Se supone que tengo que invitarle a subir a tomar algo? Y si sube, ¿qué hago? Nunca he llevado a nadie a mi casa en la primera cita”. Sin duda nunca nadie había despertado en mí las sensaciones que él provocaba. Por un lado me apetecía que subiera a casa, no quería que la noche acabara. Por otro lado me aterraba que subiera y verme sola con él.

Cuando llegamos aparcó en la puerta y apagó el motor. “O no, ahora llega el momento”.

–Ya hemos llegado. –dijo girándose hacia mí.

–Sí, ya estamos aquí… –no sabía qué decir. –¿Quieres…?

–Me encantaría subir, pero no quiero molestarte si quizá mañana tienes que madrugar o estás cansada.

–Bueno, tengo que madrugar pero puedo ofrecerte… un café… Lo cierto es que no suelo tener alcohol en casa, no tengo mucho que brindarte.

–Un café está bien –dijo sonriendo.– ¿Estás segura?

–Sí, claro –respondí inmediatamente. “Ahora ya no hay marcha atrás. Va a subir. Tampoco pasa nada por tomar un café…”

Lucas me abrió galantemente la puerta del coche para que saliera, algo a lo que solo mi padre me tiene acostumbrada. Una vez fuera me puso la mano en la cintura mientras me acompañaba a la entrada de casa. Todas las células de mi cuerpo se revolucionaron con su solo contacto.

Una vez delante de la puerta nos quedamos uno frente al otro. Ojos Rasgados me miraba intensamente, su mirada se había tornado más oscura si eso es posible. Abrí el bolso y comenzó la guerra de siempre en busca de las llaves que desaparecen en él por arte de magia… Sonreí nerviosa.

–Siempre pasa igual, este bolso es como un agujero negro.

–No te preocupes, no hay prisa –dijo con esa mirada intensa que no me dejaba concentrarme.

De pronto oí el tintineo al fondo. Al fin había dado con ellas. Intenté abrir la puerta pero la llave no quería entrar en la cerradura o la cerradura no quería a la llave… la cuestión era dejarme en evidencia.

–Paula, ¿estás nerviosa? –la pregunta me descolocó por completo. Alcé la vista para encontrarme con sus ojos.

–No… simplemente… me desconciertas –logré balbucear.

Ahí estábamos, uno frente al otro. Me penetraba con la mirada. De pronto me acarició la cara con la mano muy suavemente… Retiró un mechón de pelo que me caía sobre los ojos con mucho cuidado.

Cerré los ojos y respiré profundamente, podía olerle, olía muy bien. Sentía una corriente por todo el cuerpo recorriéndolo de arriba abajo. Noté sus labios, muy suave y lentamente, sobre los míos mientras me sujetaba con ambas manos por la nuca. Nuestras lenguas se rozaron, muy despacio y otro corrientazo me recorrió de nuevo.

Me sujetó por la cintura fuertemente. Eché la cabeza hacia atrás mientras me besaba el cuello. Mis manos le recorrían la espalda, fuerte y ancha… empecé a sentir que me mareaba…

–Creo que convendría subir o acabarás con muy mala fama entre tus vecinos –me susurró al oído.

–Sí… –abrí los ojos despacio. Conseguí introducir la llave en la cerradura y abrir. Me cogió de la mano y me condujo lentamente hacia el ascensor. Llamó, volvió a ponerse frente a mí cogiéndome fuertemente de la cintura y me atrajo hacia él… Ahora sí estaba perdida, irremediablemente, completamente…

lunes, 21 de septiembre de 2015

28- En fase de perdición

Ha pasado mucho tiempo desde que dejé a Paula en su aventura de descubrir quién es el misterioso hombre que provoca en ella reacciones y sensaciones que desconocía hasta ahora... Durante todo este tiempo siempre he sentido que le debo un final a su historia ... ¿me acompañáis?

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El propietario de la “guarida” de Lucas era, según me enteré después, uno de sus mejores amigos.

–¡Bienvenidos! –dijo de pronto un chico alto, con el pelo castaño claro, rizado y revuelto, de ojos verdosos, guapo y con cara de pillo que apareció de la nada y se acercó rápidamente a nosotros abrazando a Lucas con efusividad.– Creía que se te había tragado la tierra, tío.

Lucas le abrazó también con fuerza como si hiciera una eternidad que no se veían.

–Perdona, lo sé. Es que he tenido mucho lío. En el videoclub se ha puesto un empleado enfermo y estoy haciendo suplencias. –comentó alegremente.

–Ya te dije que yo que meterte en ese lío sólo iba a darte dolores de cabeza –le contestó dándole una palmada en la espalda. De pronto se giró hacia mí y dijo con una amplia sonrisa:

 –Perdona mi mala educación, soy Marcos

–No te preocupes, soy Paula –dije dándole los dos besos de rigor mientras pensaba en lo que acababa de oír. Lucas era el dueño del videoclub. Resultaba algo chocante que alguien a quien había oído hablar de negocios en la India fuera propietario de algo tan poco exótico. No me dio tiempo a pensarlo mucho pues, de pronto, noté la mirada de Lucas clavada en mí invitándome a seguir a Marcos a nuestra mesa.

–Hacía ya unos días que no sabía nada de tu acompañante y no puedo vivir sin él. –dijo Marcos sonriendo.

–La mala educación es mía, lo primero que debí haber hecho fue presentaros –se disculpó Lucas–. Paula, Marcos es un buen amigo de la infancia que casualmente también tiene su negocio aquí.

–Bueno, yo tengo uno, no como tú –dijo Marcos.

–Eso da igual –contestó Lucas rápidamente.

–Lo siento chicos, pero me he perdido… Es decir, yo pensaba que trabajabas en el videoclub, Lucas –dije algo desorientada.

–Y así es.

–Ah, vale, estás trabajando mientras montas tu, disculpa, “tus” negocios.

–Bueno, no exactamente… he estado un par de días echando un cable porque un chico, como sabes, está de baja, pero también soy el propietario del videoclub –dijo sonriendo.

Casi me da un pasmo, mi videoclub, mi lugar sagrado era “su” videoclub.

–¿Siempre ha sido tuyo? –no pude evitar preguntar.

–No, lo traspasaban y justo me pilló recién llegado, hace unos cuatro meses. Jamás se me había ocurrido como negocio y no tiene nada que ver con el resto de cosas que llevo, pero no sé, me pareció algo divertido.

Curioso, qué será lo demás “que lleva”, pensé sin atreverme a preguntar.

El lugar que nos había reservado Marcos me dejó sin aliento. En una esquina, bajo un enorme árbol lleno de luces se encontraba dispuesta una mesa vestida de blanco con un gusto exquisito. Toda la decoración del lugar era en blanco jugando con tonos ocres. Rodeada de velas situadas en el suelo nuestro lugar parecía una aparición.

Una vez sentados, se acercó un camarero vestido impecablemente con dos copas de champagne adornadas con algunos frutos rojos. Marcos depositó las cartas frente a cada uno de nosotros y nos informó de que vendría en cuanto le avisáramos para tomar nota.

Una vez solos, Lucas me taladró una vez más con la mirada.

–Con esta luz estás más bella si cabe.

Me quedé sin respiración una vez más. No podía creer todo lo que estaba pasando. Hacía apenas dos días entraba al videoclub a llevarme una película como tantas otras veces y, de pronto, me encontraba totalmente transformada y, aunque me pesara, estaba a merced del hombre que tenía delante.

Lucas levantó su copa para hacer un brindis.

–Por las noches de lluvia en los videoclubs –dijo con una sonrisa maliciosa.

–Y por las patosas que se caen con sus lattes y deben ser rescatadas para no acabar estrepitosamente en el suelo. –dije yo.

Soltó una carcajada –Sin duda, por eso también. –dijo mirándome fijamente.

–¿Qué te apetece comer? –me pasó la carta para que pudiera leerla. Intenté concentrarme en ella sin mucho éxito. De pronto alcé la vista y le sorprendí mirándome sin abrir la suya.

–Me encanta cuando te muerdes la comisura del labio…

Desconcertada no sabía qué responder a eso. Estaba algo nerviosa y me consta que cuando eso ocurre suelo morderme los labios.

–Me sé la carta de memoria –dijo como si hubiera leído mi mente.

–Quizá deberías pedir tú y sorprenderme –le dije intentando mirarle de forma sensual.

–¿Estás segura de que quieres correr ese riesgo? –preguntó divertido.

–Me arriesgaré –dije poniendo la mejor cara de interesante que pude.

Después de unos entrantes exquisitos y un plato de pasta con trufa y queso fresco le llegó el turno a los postres, coulant de chocolate con salsa de vainilla. Estaba todo exquisito.

Durante la cena hablamos de muchas cosas, aunque principalmente de mí. No paré de hablar durante toda la velada, algo que no suelo hacer nunca. Pero con Ojos Rasgados se repetía el patrón de transformarme. Así que, cuando nos trajeron el postre intenté ser yo la que obtuviera algo de información sobre el enigmático hombre que se sentaba frente a mí.

–No he parado de hablar de mí, tienes una seria ventaja ahora. Por lo que comentaste en el “Tierra de Nadie” me parece que tu vida es mucho más interesante que la mía.

–Para nada –dijo sonriendo.—Soy un tipo muy normal que se ha movido bastante.

–Y ¿qué hacías en la India? ¿Qué tipo de negocios llevabas allí? –pregunté intrigada.

–Si te lo contara tendría que matarte –respondió mirándome más profundamente si eso es posible. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. ¿Me estaba hablando en serio? Pareció darse cuenta de mi confusión.

–No te preocupes, no tienes nada que temer. Jamás te haría daño y conmigo nada puede pasarte.

No sé por qué pero en ese instante lo sentí. Lucas era “peligroso”. No sabía bien en qué manera exacta pero lo era.

–Por lo que he oído el videoclub es tuyo… un cambio muy radical ¿no?

–Sí, mucho –contestó serio.—Quiero dejar atrás malas costumbres y empezar a hacer las cosas bien.

De haber dicho eso otra persona me habría preocupado. De hecho, mil alarmas se pusieron a pitar en mi interior. “Paula, te estás metiendo en un lío, esto no te conviene”. Sabía que debía escucharme, que cuando nuestro subconsciente nos avisa y se enciende suele tener razón… pero ya estaba en fase de perdición y, me daba cuenta, no había vuelta atrás…