lunes, 21 de septiembre de 2015

28- En fase de perdición

Ha pasado mucho tiempo desde que dejé a Paula en su aventura de descubrir quién es el misterioso hombre que provoca en ella reacciones y sensaciones que desconocía hasta ahora... Durante todo este tiempo siempre he sentido que le debo un final a su historia ... ¿me acompañáis?

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El propietario de la “guarida” de Lucas era, según me enteré después, uno de sus mejores amigos.

–¡Bienvenidos! –dijo de pronto un chico alto, con el pelo castaño claro, rizado y revuelto, de ojos verdosos, guapo y con cara de pillo que apareció de la nada y se acercó rápidamente a nosotros abrazando a Lucas con efusividad.– Creía que se te había tragado la tierra, tío.

Lucas le abrazó también con fuerza como si hiciera una eternidad que no se veían.

–Perdona, lo sé. Es que he tenido mucho lío. En el videoclub se ha puesto un empleado enfermo y estoy haciendo suplencias. –comentó alegremente.

–Ya te dije que yo que meterte en ese lío sólo iba a darte dolores de cabeza –le contestó dándole una palmada en la espalda. De pronto se giró hacia mí y dijo con una amplia sonrisa:

 –Perdona mi mala educación, soy Marcos

–No te preocupes, soy Paula –dije dándole los dos besos de rigor mientras pensaba en lo que acababa de oír. Lucas era el dueño del videoclub. Resultaba algo chocante que alguien a quien había oído hablar de negocios en la India fuera propietario de algo tan poco exótico. No me dio tiempo a pensarlo mucho pues, de pronto, noté la mirada de Lucas clavada en mí invitándome a seguir a Marcos a nuestra mesa.

–Hacía ya unos días que no sabía nada de tu acompañante y no puedo vivir sin él. –dijo Marcos sonriendo.

–La mala educación es mía, lo primero que debí haber hecho fue presentaros –se disculpó Lucas–. Paula, Marcos es un buen amigo de la infancia que casualmente también tiene su negocio aquí.

–Bueno, yo tengo uno, no como tú –dijo Marcos.

–Eso da igual –contestó Lucas rápidamente.

–Lo siento chicos, pero me he perdido… Es decir, yo pensaba que trabajabas en el videoclub, Lucas –dije algo desorientada.

–Y así es.

–Ah, vale, estás trabajando mientras montas tu, disculpa, “tus” negocios.

–Bueno, no exactamente… he estado un par de días echando un cable porque un chico, como sabes, está de baja, pero también soy el propietario del videoclub –dijo sonriendo.

Casi me da un pasmo, mi videoclub, mi lugar sagrado era “su” videoclub.

–¿Siempre ha sido tuyo? –no pude evitar preguntar.

–No, lo traspasaban y justo me pilló recién llegado, hace unos cuatro meses. Jamás se me había ocurrido como negocio y no tiene nada que ver con el resto de cosas que llevo, pero no sé, me pareció algo divertido.

Curioso, qué será lo demás “que lleva”, pensé sin atreverme a preguntar.

El lugar que nos había reservado Marcos me dejó sin aliento. En una esquina, bajo un enorme árbol lleno de luces se encontraba dispuesta una mesa vestida de blanco con un gusto exquisito. Toda la decoración del lugar era en blanco jugando con tonos ocres. Rodeada de velas situadas en el suelo nuestro lugar parecía una aparición.

Una vez sentados, se acercó un camarero vestido impecablemente con dos copas de champagne adornadas con algunos frutos rojos. Marcos depositó las cartas frente a cada uno de nosotros y nos informó de que vendría en cuanto le avisáramos para tomar nota.

Una vez solos, Lucas me taladró una vez más con la mirada.

–Con esta luz estás más bella si cabe.

Me quedé sin respiración una vez más. No podía creer todo lo que estaba pasando. Hacía apenas dos días entraba al videoclub a llevarme una película como tantas otras veces y, de pronto, me encontraba totalmente transformada y, aunque me pesara, estaba a merced del hombre que tenía delante.

Lucas levantó su copa para hacer un brindis.

–Por las noches de lluvia en los videoclubs –dijo con una sonrisa maliciosa.

–Y por las patosas que se caen con sus lattes y deben ser rescatadas para no acabar estrepitosamente en el suelo. –dije yo.

Soltó una carcajada –Sin duda, por eso también. –dijo mirándome fijamente.

–¿Qué te apetece comer? –me pasó la carta para que pudiera leerla. Intenté concentrarme en ella sin mucho éxito. De pronto alcé la vista y le sorprendí mirándome sin abrir la suya.

–Me encanta cuando te muerdes la comisura del labio…

Desconcertada no sabía qué responder a eso. Estaba algo nerviosa y me consta que cuando eso ocurre suelo morderme los labios.

–Me sé la carta de memoria –dijo como si hubiera leído mi mente.

–Quizá deberías pedir tú y sorprenderme –le dije intentando mirarle de forma sensual.

–¿Estás segura de que quieres correr ese riesgo? –preguntó divertido.

–Me arriesgaré –dije poniendo la mejor cara de interesante que pude.

Después de unos entrantes exquisitos y un plato de pasta con trufa y queso fresco le llegó el turno a los postres, coulant de chocolate con salsa de vainilla. Estaba todo exquisito.

Durante la cena hablamos de muchas cosas, aunque principalmente de mí. No paré de hablar durante toda la velada, algo que no suelo hacer nunca. Pero con Ojos Rasgados se repetía el patrón de transformarme. Así que, cuando nos trajeron el postre intenté ser yo la que obtuviera algo de información sobre el enigmático hombre que se sentaba frente a mí.

–No he parado de hablar de mí, tienes una seria ventaja ahora. Por lo que comentaste en el “Tierra de Nadie” me parece que tu vida es mucho más interesante que la mía.

–Para nada –dijo sonriendo.—Soy un tipo muy normal que se ha movido bastante.

–Y ¿qué hacías en la India? ¿Qué tipo de negocios llevabas allí? –pregunté intrigada.

–Si te lo contara tendría que matarte –respondió mirándome más profundamente si eso es posible. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo. ¿Me estaba hablando en serio? Pareció darse cuenta de mi confusión.

–No te preocupes, no tienes nada que temer. Jamás te haría daño y conmigo nada puede pasarte.

No sé por qué pero en ese instante lo sentí. Lucas era “peligroso”. No sabía bien en qué manera exacta pero lo era.

–Por lo que he oído el videoclub es tuyo… un cambio muy radical ¿no?

–Sí, mucho –contestó serio.—Quiero dejar atrás malas costumbres y empezar a hacer las cosas bien.

De haber dicho eso otra persona me habría preocupado. De hecho, mil alarmas se pusieron a pitar en mi interior. “Paula, te estás metiendo en un lío, esto no te conviene”. Sabía que debía escucharme, que cuando nuestro subconsciente nos avisa y se enciende suele tener razón… pero ya estaba en fase de perdición y, me daba cuenta, no había vuelta atrás…

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