lunes, 14 de diciembre de 2015

34- Decidiendo qué decidir

No acabábamos de ponernos de acuerdo entre las cuatro. Alex recomendaba no contestar al mensaje de Ojos Rasgados. Bajo su punto de vista tenía que hacerme la dura y misteriosa, no dejar que pensara que me tenía ahí segura. “A los tíos hay que ignorarlos lo máximo posible, ese es el secreto que las mujeres no acaban de entender. Cuanto más pasas de ellos más encima de ti están”. Tengamos en cuenta que esto lo decía una mujer que tenía un éxito notable con los hombres, a la que literalmente se le tiraban encima, así que su consejo ¿era aplicable a todo tipo de mujer? ¿Las normales, las de andar por casa, también podían permitirse hacer eso? Yo no acababa de verlo muy claro…

Por otro lado, Cris pensaba que sí debía contestar pero haciéndome la interesante. Debía dar señales sin dejar que se viera que estaba mucho por él. Otra contradicción, mostrar interés sin mostrarlo… “Y ¿por qué no puedo ser yo misma?”. ¿Por qué hace falta tanta estrategia, tanto fingir, tanta tontería? No poder sentirse libre es bastante frustrante. Todo esto me hacía sentir que para que Lucas mantuviera su interés por mí tenía que ser un fraude, dejar de ser yo y empezar a actuar según unas reglas, algunas absurdas para mí, con el fin de  conseguir se atención.

Victoria, que decía no estar inspirada, me aconsejó que hiciera lo que mi cuerpo me indicara  que era lo mejor. ¿Qué me pedía? “Pues el cuerpo me pide que le llame y le diga que en quince minutos le veo en mi casa para volver a desvestirle y hacer el amor con él hasta mañana. Volver a sentirle, su aliento, sus besos, sus caricias, sus manos sobre mí…”

¿Me estaba volviendo loca o qué? Nunca había experimentado un deseo tan fuerte e intenso por nadie… ¿Era este el famoso enganche físico del que había oído hablar? ¡A mí no me pasaban esas cosas! Aunque no podía negar que solo pensaba en la noche que habíamos pasado juntos y deseaba que se repitiera mil veces. Así que estaba enganchada, era eso. No me gustaba nada la sensación porque me sentía llena de angustia, no sabía cómo reaccionar. Quería ser yo misma pero me daba miedo meter la pata y no volver a verle. ¿Quizá debía esperar a ver a Freud y pedirle su opinión como hombre? La idea no acababa de convencerme. Javi a veces era demasiado protector e, incluso, a veces, posesivo y no sabía hasta qué punto podía fiarme de él en esto.

¿Qué me decía mi interior? Pues por un lado me decía que no perdiera un solo segundo más en contestar y que le dijera algo para que supiera que yo estaba “allí”, receptiva. Por otro, la idea de hacerle esperar me seducía también. ¿Y si él estaba ansioso como yo? Imposible, un hombre no es como una mujer. Ellos no se complican la vida como nosotras, son prácticos, Lucas tenía pinta de ser muy, muy práctico. No me lo imaginaba pensando obsesivamente en mí, ni pasando un mal día en el trabajo. Todo lo contrario, estaba muy seguro de sí mismo, por eso me había enviado un mensaje sin decir que era él. Probablemente ya sabía que me tenía “atrapada” bajo su embrujo maligno de hombre irresistible y, cuando pensaba en eso, me daba mucha rabia.

En un momento dado me vi con la mirada de mis tres amigas y compañeras de fatigas clavadas en mí esperando mi reacción. No acababa de decidirme… Pero algo dentro de mí me decía que contestara, que diera alguna señal, que no me mostrara indiferente o quizá no volvería a saber de él.

–Chicas, agradezco mucho vuestros consejos… pero el cuerpo me dice que conteste algo y, además, que sea algo honesto.

Sabía que había dicho la palabra mágica que nadie es al principio, “honestidad”. No iba a mostrar todas mis cartas, ni mucho menos. Podía mantener un tono gracioso como el suyo. Pero lo que no haría era no ser yo misma, fingir ser otra persona, decir tonterías que se esperara o no que dijera.

–¿Alguna sugerencia de cómo puedo empezar el mensaje? –dije con cara de desesperación.

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